La historia está escrita con números que avergüenzan: doce puntos en dieciocho partidos, menos catorce en la diferencia de goles, seis tantos marcados —todos en Lima— y un récord grotesco, nunca antes visto: cero goles de visitante en toda la Eliminatoria. El epílogo fue el 0-1 frente a Paraguay en Lima, una derrota que no solo selló la peor campaña de la historia, sino que expuso la desnudez absoluta de un fútbol que ya tocó fondo. En contraste, mientras la Blanquirroja se hunde en la mediocridad, el chicharrón peruano brilla en los escenarios internacionales de la gastronomía: gana, clasifica y compite con dignidad en un mundial. Una ironía brutal: en la cancha nos humillan, pero en la cocina goleamos.
La Selección Peruana ya no juega a clasificar; juega a no ser colero. Es el colmo de los consuelos mediocres. Nos venden como objetivo “evitar el último lugar” cuando la verdadera meta debería ser competir de verdad. Pero aquí no hay planificación, ni recambio generacional, ni jugadores en ligas top. Mientras nuestros rivales exportan talentos a Europa, nosotros celebramos cuando un jugador nacional firma en una liga de quinto orden. La brecha es tan grande que hasta Bolivia y Venezuela, históricamente relegados, hoy pelean dignamente por un repechaje que para Perú es apenas una quimera aritmética.
Los discursos oficiales insisten en un autoengaño grotesco: que “estos jugadores madurarán para el 2030”. Falso. Lo que nos espera es la involución: futbolistas que seguirán anclados en la Liga 1, un campeonato pobre y desorganizado, mientras los demás países siguen formando generaciones en ligas competitivas y con proyectos serios. Creer que los nuestros crecerán mientras los rivales se detienen es un insulto a la inteligencia. En fútbol, como en economía o en ciencia, el que trabaja progresa; el que improvisa se hunde.
La derrota frente a Paraguay fue más que un resultado: fue el símbolo del fracaso colectivo. Una selección que ni con el aliento del Nacional pudo marcar, que terminó su Eliminatoria con más excusas que goles y que hoy se refugia en el discurso del consuelo barato. Tres entrenadores desfilaron por el banquillo y el resultado fue siempre el mismo: naufragio. Mientras tanto, el chicharrón peruano avanza en rondas internacionales, deja rivales en el camino y se postula a campeón mundial. ¿Cuál es la diferencia? Que en la cocina hay trabajo, identidad y disciplina. En el fútbol, solo improvisación y fe ciega.
La ironía es dolorosa: el chicharrón, con su pan crocante y su carne bien dorada, muestra más garra, más sabor y más resultados que los once hombres vestidos de rojo y blanco. El chicharrón nos representa mejor en el mundo que la selección que debería encarnar nuestra pasión nacional. Al menos en la gastronomía tenemos recambio, talento, calidad y, sobre todo, planificación.
El fracaso no empezó contra Paraguay. Empezó hace décadas, cuando decidimos reemplazar la planificación por la esperanza y el trabajo por la calculadora. La Blanquirroja no fracasó por mala suerte, sino porque nunca se construyó un proyecto. Rusia 2018 fue un espejismo regalado por un fallo administrativo de Bolivia. Desde entonces, vivimos de recuerdos y de un autoengaño que hoy se derrumba con cada estadística. No es casualidad que con seis cupos directos y un repechaje disponible, Perú igual haya quedado afuera. Es la confirmación de que no basta con ampliar las plazas si no hay calidad ni planificación.
Reflexión final
Mientras el chicharrón peruano sigue clasificando y luchando por un campeonato mundial, la selección apenas pelea para no ser última en su propia confederación. La ironía es cruel: nuestra gastronomía muestra al mundo lo que nuestro fútbol no puede dar. El futuro, sin un Plan Integral 2050, seguirá escrito con derrotas, excusas y lágrimas.
El país que respira fútbol merece algo más que rezos y consuelos. Merece un plan serio, con infraestructura, divisiones menores, recambio real y profesionales de primer nivel. Mientras eso no suceda, habrá que resignarse a gritar goles en los mundiales gastronómicos y no en las canchas. Porque hoy, la verdad es lapidaria: el chicharrón sí clasifica, la selección no.
Edwin Gamboa, fundador de La Caja Negra
