Dina Boluarte ya fue vacada. El Congreso, ese templo del cinismo, decidió descubrir —de pronto— la existencia de la “incapacidad moral permanente”, esa cláusula mágica que los mismos congresistas invocan y desinvocan según les convenga. Pero que nadie se engañe: su salida no representa el fin de una crisis, sino la confirmación de que el Perú se ha convertido en una tragicomedia institucional. Hemos cambiado de rostro, pero no de libreto. La clase política se recicla con la destreza de un camaleón y la memoria ciudadana, cada vez más corta, les allana el camino.
La caída de Boluarte no fue una sorpresa, fue un trámite. Su gobierno, sostenido por pactos oscuros y silencios cómplices, se desplomó bajo el peso de su propia indiferencia. Pero la verdadera noticia no está en su salida: está en lo que queda en pie. Un Congreso que legisla para sí mismo, partidos que existen solo para negociar impunidad y un calendario electoral que avanza como si el país no estuviera al borde del colapso ético.
El exoficial mayor José Cevasco lo dijo sin inmutarse: “La vacancia no afectará las elecciones del 2026”. Traducido al idioma de la calle: todo seguirá igual. Los mismos partidos sin ideología, los mismos candidatos disfrazados de redentores, las mismas campañas financiadas por los mismos grupos económicos que luego dictan las leyes a su medida. ¿Democracia? No, teatro político con entradas agotadas y actores de siempre.
Los peruanos elegiremos nuevamente entre el cinismo y la nostalgia, entre el falso “outsider” y el reciclado eterno del poder. Y mientras tanto, el país se desangra en calles tomadas por la delincuencia, hospitales sin médicos, colegios en ruinas y regiones que ya no creen en Lima. La vacancia no alterará nada porque no hay nada que alterar: el modelo político es un cadáver que camina, y las elecciones son su ritual de resurrección cada cinco años.
Dina Boluarte se va, pero deja intacta la estructura que la sostuvo: un sistema diseñado para resistir cualquier vergüenza sin caerse. En el Perú no gobierna un presidente, gobierna la costumbre de soportarlo todo. El Congreso seguirá repartiéndose el país como botín, los candidatos seguirán jurando amor al pueblo mientras firman pactos con las sombras, y los ciudadanos volverán a votar entre el miedo y la resignación.
Reflexión final
La vacancia de Boluarte no es una victoria democrática: es la constatación de nuestro fracaso colectivo. Hemos confundido la rotación de políticos con el cambio de rumbo, y la indignación con la memoria. Si el 2026 volvemos a elegir a los mismos con distintos lemas, no será culpa de ellos, sino nuestra. Porque el problema del Perú no está solo en Palacio o en el Congreso. Está en aceptar, una y otra vez, que la corrupción gobierne disfrazada de democracia.
