Llegó el momento de Dina Boluarte para rendir cuentas a la justicia

Dina Boluarte cayó. La presidenta que confundió el poder con el silencio y la indiferencia con la estabilidad ya no tiene dónde esconderse. Terminó vacada por incapacidad moral —esa figura que en el Perú ya se volvió rito funerario de la política— y ahora enfrenta lo que siempre temió: la justicia sin escoltas ni blindaje. Su abogado, con solemnidad teatral, jura que la acompañará “hasta el final”. Lo dice como si el final fuera lejano, cuando en realidad ya empezó hace rato, justo cuando eligió mirar hacia otro lado mientras el país ardía.

Durante casi dos años, Boluarte gobernó desde una nube de cinismo. Fue la presidenta que habló poco, hizo menos y toleró todo. Los muertos en las protestas, las extorsiones, el caos en las calles y la corrupción en su entorno se acumularon como parte del paisaje. Su gestión fue un prolongado funeral institucional donde el Estado se volvió espectador de su propio colapso. Hoy, los mismos congresistas que la sostuvieron en el poder la echan sin pestañear, como quien cambia de canal. En la política peruana no existen aliados, solo socios temporales del desastre.

Ahora que ha perdido el cargo, Boluarte enfrenta el destino habitual de los presidentes peruanos: la metamorfosis de líder en imputada. De la foto oficial al expediente fiscal, del discurso patriótico al parte judicial. Las investigaciones la esperan como buitres: corrupción, omisión, uso indebido de recursos, y un rosario de omisiones que retratan no solo a una presidenta incompetente, sino a una clase política agotada moralmente. ¿Asilo político? Tal vez. ¿Fuga? No sería sorpresa. El Perú ya perfeccionó el arte de exportar expresidentes con prontuario.

Lo irónico es que, mientras su defensa jura lealtad, el país apenas siente su caída. Nadie la extraña. No hay lágrimas, ni banderas, ni discursos. Su gobierno fue tan invisible que ni su final provoca ruido. El país sigue igual: inseguro, empobrecido y descreído. El verdadero problema no es que Boluarte haya caído, sino que durante su mandato ya lo habíamos hecho todos.

El fin de Boluarte es apenas otro capítulo del manual de la política peruana: llegar prometiendo patria y salir por la puerta trasera. Ni los discursos ensayados ni las negaciones legales borrarán su legado de desinterés y desgaste. Fue la presidenta del mutismo, la indiferencia y el cálculo. Gobernó sin empatía, y ahora enfrentará sola el ruido de la justicia.

Reflexión final:
Dina Boluarte creyó que el silencio la blindaba, pero solo la hundió más hondo. Creyó que el poder era eterno, pero en el Perú el poder se descompone rápido. De la inmunidad al interrogatorio, del discurso a la fuga: la ruta ya está escrita. Lo único nuevo sería que, por una vez, alguien en Palacio respondiera por lo que hizo… o por todo lo que dejó de hacer.

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