Los siete “pequeños” gigantes del oro con ingresos astronómicos

Que siete de los 25 mayores productores de oro del Perú operen bajo el régimen de pequeño productor no es una rareza administrativa: es una alarma institucional. Es, en simple, la evidencia de un Estado que —por diseño, omisión o conveniencia— dejó una puerta abierta para que lo ilícito se vista de legal y cruce fronteras con factura y sello.

Los números no son anecdóticos. En 2025, según estimaciones del Instituto Peruano de Economía, la mitad del oro exportado habría sido de origen ilegal: más de 104 toneladas, prácticamente un “empate técnico” con el oro formal. Y el negocio ilícito no es menor: más de US$ 11,500 millones, la economía ilegal más grande del país, por encima de otras actividades criminales.

El detalle que desnuda el truco es este: un régimen pensado para minería de menor escala está siendo usado por empresas con volúmenes comparables a las del régimen general. Entre las señaladas figuran Minera Paraíso, Compañía Minera Sol de los Andes, Minera Yanaquihua y Analityca Mineral Services (Arequipa); Minera Laytaruma y Minera Sotrami (Ayacucho); y Paltarumi (Barranca). No se trata de perseguir nombres por deporte; se trata de entender el patrón: cuando el control es débil, el incentivo a “encajar” donde no corresponde se vuelve rentable.

Aquí está el corazón del problema: la supervisión de los pequeños productores recae en los gobiernos regionales, a través de sus Direcciones Regionales de Energía y Minas, y muchas veces sin capacidad técnica, operativa ni presupuestal para fiscalizar territorios extensos, dispersos y capturados por la informalidad.
A eso se suma el gran agujero negro: sin trazabilidad robusta, el oro ilícito puede mezclarse en plantas de procesamiento, pasar por comercializadoras y terminar exportado como si fuera legal. Es el lavado perfecto: no de billetes, sino de mineral.

Y cuando el Estado intenta “formalizar”, fracasa en cámara lenta. El Reinfo —vigente hasta fines de este año— solo habría formalizado al 2% de casi 90 mil inscritos desde 2016. La formalización, así, se vuelve coartada: una lista inmensa para que casi nadie salga del limbo, pero muchos operen.

El país no está ante un problema “técnico” de ventanillas: está ante un sistema de incentivos donde lo ilegal compite de igual a igual con lo formal y, peor aún, puede confundirse con ello. Mientras el oro supera los US$ 4,800 la onza, el Perú no solo pierde recaudación: pierde control territorial, seguridad y Estado.

Reflexión final
Si siete “pequeños” producen como grandes y la mitad del oro exportado sería ilegal, la pregunta ya no es “¿qué está pasando?”. La pregunta es más incómoda: ¿quién se beneficia de que siga pasando? Porque cuando el oro sale limpio en papeles y sucio en origen, el que queda manchado es el país entero. (Foto: Huachos).

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