¿Cómo van los candidatos en las últimas encuestas presidenciales?

A menos de dos semanas de las elecciones, las encuestas de Ipsos, Datum y CPI no muestran un país que elige, sino un país que duda. Ningún candidato supera el 12% de intención de voto. El voto blanco, nulo e indeciso compite —y en algunos casos supera— a cualquier postulante. El mensaje es tan claro como inquietante: el problema ya no es quién lidera, sino que nadie logra representar.

Las cifras no son solo números; son un diagnóstico. Ipsos coloca a Keiko Fujimori con apenas 11%, seguida de Rafael López Aliaga con 9% y Carlos Álvarez con 8%. Datum y CPI confirman el mismo patrón: fragmentación, volatilidad y una competencia que se define en márgenes mínimos.

Pero lo más revelador no está en quién sube o baja algunos puntos. Está en el tamaño del desencanto. Entre 20% y 30% de los ciudadanos no sabe por quién votar o directamente opta por el voto en blanco o viciado. Es decir, en el Perú actual, la indecisión es la principal fuerza política.

Y eso no es casualidad. Es el resultado de años de desgaste institucional, promesas incumplidas, crisis política permanente y una desconexión evidente entre quienes gobiernan y quienes viven las consecuencias de ese gobierno. El país ha tenido múltiples presidentes en poco tiempo, congresos confrontacionales y una agenda pública dominada por la improvisación. El ciudadano ha aprendido a desconfiar.

El mapa regional profundiza esa fractura. Lima concentra el liderazgo de los candidatos principales, mientras el resto del país se diluye entre preferencias dispersas, liderazgos locales y altos niveles de rechazo. No hay un proyecto nacional claro. Hay fragmentos.

En ese contexto, el voto deja de ser ideológico para volverse pragmático. Ya no se elige al mejor, se elige al menos riesgoso. Ya no se vota con entusiasmo, se vota para evitar un escenario peor. Es una lógica defensiva que empobrece la democracia y la convierte en un ejercicio de contención más que de construcción.

Además, la saturación de candidaturas —más de 30 postulantes— no fortalece la democracia; la confunde. Demasiadas opciones sin claridad programática terminan debilitando la capacidad de decisión. Y cuando el ciudadano no entiende, se distancia. Cuando se distancia, desconfía. Y cuando desconfía, el sistema entero pierde legitimidad.

Las encuestas no están mostrando una elección abierta. Están mostrando una crisis de representación. No es que el resultado sea incierto; es que el país no encuentra en quién confiar.

Reflexión final
El verdadero dato no es quién tiene 11% o 9%. El dato es que nadie logra convocar. Y cuando una democracia llega a ese punto, el problema deja de ser electoral para volverse estructural. Porque un país donde la desconfianza lidera las encuestas no solo enfrenta una elección incierta: enfrenta un futuro frágil. (Foto: Infobae).

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