Las encuestas no solo miden intención de voto; también revelan estados de ánimo políticos. Y la última medición del Instituto de Estudios Peruanos (IEP) deja una imagen incómoda para Keiko Fujimori: lidera con 10%, sí, pero está estancada. No crece, no despega, no genera esa sensación de avance que suele marcar el rumbo de una campaña en su fase decisiva. A días de las elecciones, ese dato deja de ser un detalle técnico y se convierte en un síntoma político.
El problema no es estar primera. El problema es cómo se está primera. Keiko llega a ese 10% sin una tendencia clara al alza: en febrero tenía 10,3%, en marzo 9,4%, y ahora vuelve a ese mismo nivel sin lograr romper su propio techo. En términos simples: no cae, pero tampoco avanza. Y en una elección fragmentada, donde varios candidatos se mueven en márgenes estrechos, ese tipo de estabilidad puede ser engañosa. Liderar sin impulso es, muchas veces, una forma lenta de perder terreno.
Mientras tanto, el resto del tablero sí se mueve. Rafael López Aliaga baja, pero se mantiene competitivo; Carlos Álvarez sube y consolida una presencia inesperada; y Roberto Sánchez avanza con mayor velocidad, acercándose peligrosamente al pelotón principal. El escenario deja de ser una carrera liderada y empieza a parecer un embudo donde varios candidatos pueden disputar la segunda vuelta en cuestión de puntos.
Aquí aparece el dilema de fondo para Keiko Fujimori: su base es sólida, pero también limitada. El dato de que 77% de sus votantes no cambiará su elección confirma fidelidad, pero también revela una dificultad histórica: crecer más allá de ese núcleo. Después de tres intentos fallidos, la lideresa de Fuerza Popular vuelve a enfrentarse al mismo muro. No es desconocida, no es una sorpresa, no es una incógnita. Y en política, ser demasiado conocido a veces juega en contra.
Frente a ese escenario, es previsible que el fujimorismo recurra a una estrategia más agresiva en la recta final: confrontación, intensidad y narrativa de polarización. Pero esa apuesta también tiene riesgos. Cuando una candidatura se percibe estancada, el exceso de ofensiva no siempre genera adhesión; a veces refuerza el desgaste. Más aún cuando 48% del electorado ya tiene decidido su voto, lo que reduce el margen para cambios bruscos.
La encuesta del IEP no sentencia la elección, pero sí dibuja una advertencia clara: Keiko Fujimori está arriba, pero sin la fuerza necesaria para asegurar el paso a la segunda vuelta con tranquilidad. Y en una campaña tan volátil, eso puede ser más frágil de lo que parece.
Reflexión final
En política, no siempre gana quien lidera primero, sino quien llega con mayor impulso al final. Y hoy, más que una candidata en ascenso, Keiko parece una candidatura que resiste. La diferencia no es menor. Porque resistir mantiene posiciones, pero no siempre construye victorias. (Foto: LR).
