Encuesta presidencial: un 30% aún no decide su voto

Que un 30% de electores siga sin decidir su voto cuando faltan apenas ocho días para las elecciones no es solo un dato de campaña. Es el retrato de una democracia fatigada, de una oferta política incapaz de entusiasmar y de una ciudadanía que, más que convencida, parece arrinconada entre la duda, el rechazo y la resignación. La última encuesta del Instituto de Estudios Peruanos muestra, en efecto, que el bloque de indecisos bajó de 45% en enero a 30% a fines de marzo, pero ese descenso no debería leerse como una señal de solidez electoral, sino como la confirmación de que buena parte del país está llegando al desenlace sin verdadera convicción.

La cifra merece una lectura más severa. Ese 30% no está compuesto únicamente por quienes todavía comparan opciones. Allí conviven quienes no precisan su voto, quienes no eligen a nadie, quienes piensan votar en blanco o nulo e incluso quienes no irían a votar. Es decir, no estamos solo ante indecisión: estamos ante desencanto, distancia y, en algunos casos, rechazo abierto al menú político disponible. Cuando una elección entra en su recta final con ese volumen de desafección, el problema no es solo electoral; es de representación.

El dato resulta todavía más inquietante si se cruza con otro hallazgo de la misma medición: 73% de encuestados dijo no haber visto, escuchado o siquiera enterarse del ciclo de debates presidenciales, pese a que esos espacios tenían precisamente el propósito de ayudar al ciudadano a conocer propuestas y comparar candidaturas. Si el principal esfuerzo institucional para acercar la campaña a la ciudadanía termina pasando de largo para casi tres de cada cuatro personas, la conclusión es difícil de maquillar: la campaña no está logrando conectar con el país real.

Y esa desconexión no surge de la nada. En el propio estudio de marzo del IEP ya se advertía un escenario de “desencantados e indecisos” y una competencia fragmentada, con liderazgos que no terminan de consolidarse. A inicios de marzo, Rafael López Aliaga marcaba 11,7%, Keiko Fujimori 9,4% y el resto aparecía repartido en porcentajes modestos, mientras el bloque de quienes no elegían a nadie seguía siendo enorme. La elección, más que perfilar un rumbo, ha venido exhibiendo una debilidad de oferta: muchos nombres, poca convicción social.

Hay, además, un elemento más preocupante. Entre quienes sí ya tienen opción, los respaldos más firmes se concentran en núcleos duros, mientras otros segmentos todavía muestran disposición a cambiar. Eso sugiere que no estamos ante grandes mayorías movilizadas por programas sólidos, sino ante adhesiones parciales y un electorado todavía movedizo. En ese contexto, el voto puede terminar definiéndose más por miedo, cálculo o rechazo al rival que por confianza real en una propuesta de país. Y cuando eso ocurre, la democracia no elige con entusiasmo: apenas administra su incertidumbre.

Lo más grave es que buena parte de la clase política parece no entender la magnitud de ese vacío. En lugar de responder con ideas claras, diagnósticos serios y propuestas creíbles, demasiados candidatos siguen apostando por el espectáculo, la frase fácil o el ataque menor. Así, la campaña se vuelve una vitrina saturada de rostros, pero escasa de contenido. El elector observa, escucha y, con razón, duda. No porque sea indiferente a su destino, sino porque la política le ofrece muy pocas razones para creer.

Que el 30% siga sin decidir a tan pocos días de la elección es una advertencia severa. No habla solo de electores que aún evalúan. Habla de una campaña que no ha sabido persuadir, de partidos que no logran representar y de una democracia que sigue llegando a sus citas más importantes con una confianza demasiado frágil.

Reflexión final
A estas alturas, el problema no es únicamente quién ganará, sino con cuánta legitimidad emocional y política llegará a hacerlo. Porque una elección puede producir un vencedor formal, pero si una parte demasiado grande del país llega a las urnas sin creer en nadie, lo que nace después no es fortaleza democrática. Es un mandato precario, sostenido sobre el mismo desencanto que ha venido erosionando a la política peruana desde hace demasiado tiempo. (Foto: Caretas).

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