¿Qué congresistas no fueron reelegidos? El voto les pasó factura

Hay ironías que merecen aplauso cívico. El Congreso aprobó el retorno de la bicameralidad y la reelección inmediata, convencido de que la ciudadanía aceptaría el gesto con resignación institucional. Pero ocurrió algo más saludable para la democracia: el electorado respondió con memoria. Muchos de los congresistas que impulsaron esa reforma terminaron fuera del próximo Parlamento. Querían asegurarse cinco años más de poder y encontraron una lección simple pero contundente: el voto también sirve para castigar.

En noviembre de 2023, 93 congresistas respaldaron la reforma que devolvía la bicameralidad y abría la puerta a la reelección inmediata, pese a que la ciudadanía ya había rechazado esa posibilidad en un referéndum. No fue una discusión inocente sobre fortalecimiento institucional; para muchos fue una operación de supervivencia política elegantemente disfrazada de reforma republicana.

Desde entonces, el Congreso no hizo demasiado para mejorar su reputación. Leyes cuestionadas, normas percibidas como favorables al crimen, blindajes selectivos, confrontaciones permanentes, denuncias por recorte de sueldos, excesos verbales y una desconexión cada vez más evidente con la realidad del país terminaron consolidando un Parlamento con alta desaprobación y escasa legitimidad moral. En ese escenario, pretender la reelección sonaba menos a continuidad democrática y más a insistencia en el privilegio.

No sorprende, entonces, que figuras ampliamente conocidas como Ernesto Bustamante, Patricia Chirinos, Tania Ramírez, José Cueto, Eduardo Salhuana, Alejandro Cavero, Jorge Montoya, Adriana Tudela, José Williams, Roberto Chiabra, Héctor Valer, José Luna Gálvez, Carlos Zeballos, Edward Málaga, Lady Camones, Gladys Echaíz, Magaly Ruiz, Rosio Torres, Katy Ugarte, Juan Burgos, Jorge Morante, Óscar Zea y Luis Kamiche no lograran asegurar un escaño en el nuevo Congreso. Algunos fueron derrotados por su propia gestión; otros, por el peso de sus contradicciones; varios simplemente por el desgaste de representar más al cálculo político que al interés ciudadano.

Tampoco sorprende que algunas votaciones hayan sido casi simbólicas. La ciudadanía no necesitó grandes discursos para entender el mensaje: quien legisla de espaldas al país, tarde o temprano termina escuchando el portazo electoral. La reelección no era un derecho adquirido, sino una evaluación pública.

Lo más importante es que este voto castigo no fue solo emocional; fue profundamente político. Ante la ausencia de mecanismos intermedios de control, la urna sigue siendo la herramienta más poderosa para sancionar conductas públicas. El elector observó, acumuló fastidio y finalmente respondió. Sin estridencias, sin privilegios y sin necesidad de pedir permiso.

La derrota electoral de quienes promovieron su propia permanencia no debe leerse como simple revancha ciudadana, sino como un acto de higiene democrática. El Congreso quiso extenderse a sí mismo el contrato, y el ciudadano decidió revisar la cláusula principal: la confianza.

Reflexión final
Lo verdaderamente importante no es solo que varios congresistas se hayan quedado sin escaño. Lo importante es recordar que el poder no puede administrarse como herencia ni como propiedad legislativa. Cuando un Parlamento legisla pensando primero en su permanencia y después en el país, termina enfrentándose al único correctivo que no puede blindar: el voto. Y esta vez, la ciudadanía hizo algo poco frecuente pero profundamente necesario: dejó de resignarse y respondió en las urnas. A veces la democracia no grita; simplemente no te reelige.

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