El Perú llegará a la segunda vuelta del 7 de junio con una pregunta incómoda: ¿vamos a elegir presidente o vamos a escoger de qué miedo queremos defendernos? La democracia peruana, otra vez, parece llegar a la urna con respiración agitada, sin entusiasmo colectivo y con una ciudadanía obligada a votar más por descarte que por convicción. La encuesta de Ipsos difundida tras la primera vuelta muestra un escenario de empate técnico entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, ambos con 38% de intención de voto, lo que confirma que la elección no solo será cerrada, sino emocionalmente explosiva.
El título de esta campaña podría ser “nadie convence, todos asustan”. Para un sector, Keiko Fujimori representa el retorno de una política dura, marcada por una historia familiar que todavía divide al país. Para otro sector, Roberto Sánchez despierta el temor al regreso del castillismo, la improvisación estatal y la incertidumbre económica. Entre ambos extremos, millones de peruanos no parecen votar por esperanza, sino por defensa propia.
El problema no es solo quién gane. El problema es que el país ha normalizado elegir entre rechazos. La política peruana ha perfeccionado una maquinaria miserable: producir candidatos con alto antivoto, campañas de miedo, promesas recicladas y una ciudadanía cada vez más cansada de fingir entusiasmo. La abstención, el voto blanco y el voto nulo fueron protagonistas en la primera vuelta, expresión directa de un desencanto que ya no cabe en los discursos oficiales.
A eso se suma una fractura que vuelve como herida abierta: Lima mira con sospecha al Perú rural, mientras el Perú rural responde con memoria. El voto de las regiones no puede seguir siendo tratado como anomalía, ignorancia o castigo. Es también una respuesta histórica al abandono, al centralismo y al desprecio acumulado.
Esta segunda vuelta no debería ser una competencia de fantasmas, sino una exigencia de propuestas. Seguridad, empleo, salud, educación, corrupción y gobernabilidad no pueden seguir siendo palabras decorativas en mítines. Quien quiera gobernar debe explicar cómo evitará que el Perú siga siendo un país incendiado por sus propias instituciones.
Reflexión final
El 7 de junio, el Perú no solo elegirá presidente. También revelará cuánto miedo, hartazgo y memoria caben todavía en una urna. Y esa será, quizá, la verdadera radiografía de una democracia que sobrevive, pero no termina de sanar. (Foto: Pucp).
