En el Día de la Madre, el Perú suele llenarse de flores, saludos, fotografías familiares y homenajes públicos. Sin embargo, detrás de esa celebración necesaria existe una verdad incómoda: el Estado mantiene una deuda profunda con las madres peruanas. Las felicita en discursos, las llama ejemplo de sacrificio y fortaleza, pero demasiadas veces las deja solas frente a la pobreza, la violencia, la informalidad, la falta de salud, la inseguridad y la ausencia de servicios de cuidado.
La madre peruana sostiene al país desde lugares silenciosos. Está en el mercado, en la posta médica, en la escuela, en la chacra, en la fábrica, en la oficina, en el comedor popular y en el hogar donde cada sol debe alcanzar para todo. Es la mujer que madruga antes que el sol, que trabaja fuera de casa y luego vuelve a cumplir otra jornada invisible: cocinar, limpiar, cuidar, escuchar, educar, curar y acompañar.
Muchas crían solas. Otras cuidan hijos, padres ancianos y nietos al mismo tiempo. Algunas enfrentan jornadas laborales precarias, sueldos insuficientes o violencia que el sistema no atiende a tiempo. Y aun así, siguen de pie. No porque el país les facilite la vida, sino porque han aprendido a resistir incluso cuando el país les falla.
Durante años se ha romantizado el sacrificio materno como si fuera una virtud obligatoria. Se celebra a la madre que “todo lo puede”, pero se olvida preguntar por qué tiene que poderlo todo. Esa imagen de heroísmo permanente muchas veces sirve para ocultar una injusticia: donde no llega el Estado, llega una madre; donde falta presupuesto, aparece su esfuerzo; donde falla una institución, ella sostiene la vida cotidiana.
La deuda con las madres no se paga con campañas de un día. Se paga con salud materna oportuna, guarderías accesibles, empleo digno, protección frente a la violencia, justicia rápida, educación de calidad para sus hijos y reconocimiento real del trabajo de cuidado. Una madre no debería esperar meses por una cita médica, caminar con miedo por calles inseguras, abandonar estudios por falta de apoyo o elegir entre trabajar y cuidar.
Desde esta tribuna, el homenaje debe convertirse en exigencia. Celebrar a las madres implica defender sus derechos. El Estado debe dejar de tratarlas como símbolo sentimental y empezar a reconocerlas como ciudadanas con necesidades concretas. La maternidad no puede seguir siendo una tarea heroica sostenida a pulso contra la precariedad.
Las madres peruanas no necesitan solo gratitud. Necesitan protección, oportunidades y respeto efectivo. El verdadero homenaje no está únicamente en una rosa ni en un almuerzo, sino en construir un país donde ninguna madre tenga que ser mártir para sacar adelante a sus hijos.
Porque si el Perú sigue de pie, es porque millones de madres lo levantan cada mañana. Y ya es hora de que el Estado, por fin, también las sostenga a ellas. (Foto: lacajanegra.blog).
