Estadio Nacional: de casa de la selección a casa de conciertos

El Estadio Nacional de Lima es llamado, con legítimo orgullo, la casa de la selección peruana de fútbol. Allí se construyeron alegrías, frustraciones, eliminatorias, partidos históricos y una parte importante de la memoria deportiva del país. Sin embargo, a este paso, ese título simbólico corre el riesgo de cambiar por uno mucho menos digno: la casa de los conciertos. La Contraloría General ha advertido que el uso reiterado del recinto para eventos no deportivos viene deteriorando el césped y exponiendo deficiencias graves de mantenimiento, seguridad e infraestructura. La pregunta es inevitable: ¿el IPD administra un estadio nacional o un local de alquiler?.

El dato más preocupante es que el IPD cuenta con un presupuesto aprobado de S/ 700.000 para el mantenimiento del césped natural, pero no había convocado oportunamente el procedimiento de selección. Es decir, el dinero estaba previsto, la necesidad era evidente, pero la gestión volvió a llegar tarde. Mientras tanto, el 22 de abril se verificó que una empresa contratada por una promotora de eventos, y no por el propio IPD, había sembrado bloques de césped en el 35% del campo, utilizando un método que no estaría contemplado por la normativa de Conmebol. En buen castellano: la cancha del principal estadio del Perú terminó parchada por terceros, bajo presión y sin el estándar técnico que exige una sede internacional.

El IPD ha respondido que el gramado está en etapa final de recuperación y que el avance es casi total. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿para qué se recupera? Porque el calendario ya anuncia conciertos de Ed Sheeran, Tini y Ricardo Arjona. Entonces el absurdo se vuelve circular: se daña la cancha, se invierte en repararla, se comunica la recuperación y luego se vuelve a entregar el estadio a eventos que pueden deteriorarla otra vez. Eso no es gestión deportiva. Es administración cuestionable y digno de investigación.

La excusa habitual es que los conciertos generan ingresos. Pero cuando el costo de reparación del césped y de recuperación de las condiciones técnicas supera o amenaza con superar lo que se cobra por el alquiler del estadio, el supuesto negocio se cae solo. No se está ganando: se está trasladando el daño al patrimonio deportivo nacional. El IPD no fue creado para sacrificar la cancha de la selección en nombre de una taquilla inmediata. Si el alquiler afecta la finalidad esencial del recinto, entonces deja de ser ingreso y se convierte en pérdida disfrazada.

Además, el problema no se limita al césped. La Contraloría advirtió que el 60% de las cámaras de videovigilancia está inoperativo: 28 de 46 no funcionan. También informó que el 40% de las luminarias del techo, es decir 124 de 308, está fuera de servicio. A eso se suman daños en la entrada principal, cerrada al público y cercada con vallas metálicas, además de falta de mantenimiento en estructuras del recinto. ¿Así se cuida la casa de la selección? ¿Así se prepara un escenario que debería estar listo para partidos internacionales, entrenamientos oficiales y eventos deportivos de alto nivel?.

El Estadio Nacional no puede ser tratado como un espacio disponible para todo, menos para su razón de ser. Lima tiene otros recintos para conciertos. El Estado debería impulsar alternativas, exigir responsabilidad a promotoras y proteger el principal escenario deportivo del país. Lo que no puede hacer es alquilar, cobrar, reparar y volver a empezar el mismo daño con una sonrisa administrativa.

El Estadio Nacional necesita una decisión política clara: prioridad absoluta al fútbol y al deporte. Los conciertos no pueden seguir gobernando el calendario de la casa de la selección. Si el IPD quiere ingresos, debe buscarlos sin comprometer el césped, la seguridad ni la función deportiva del recinto.

Reflexión final
La casa de la selección peruana no debe convertirse en la casa de los conciertos. Porque cuando el principal estadio del país se administra como caja registradora, el mensaje es brutal: en el Perú, incluso la cancha donde juega la blanquirroja puede ser sacrificada por una taquilla. Y eso no es modernidad. Es renuncia al verdadero sentido del deporte. (Foto:lacajanegra.blog).

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