La segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez ha colocado al Perú ante una pregunta incómoda: ¿qué pasa si los votos blancos, nulos o viciados superan a los candidatos? Para millones de ciudadanos, esta elección no despierta esperanza, sino hartazgo. No parece una competencia entre dos proyectos capaces de unir al país, sino una encerrona política entre miedo, antivoto y resignación. Otra vez el viejo chantaje del “mal menor”, esa fórmula con la que la democracia peruana ha aprendido a sobrevivir, pero no a sanar.
El artículo 184 de la Constitución establece que el Jurado Nacional de Elecciones declara la nulidad de un proceso cuando los votos nulos o en blanco, sumados o separadamente, superan los dos tercios del número de votos emitidos. La Ley Orgánica de Elecciones también contempla supuestos de nulidad vinculados a votos blancos o nulos, así como a situaciones como la inasistencia de más del 50% de votantes en determinados casos. Por ello, el objetivo de quienes impulsan esta campaña es claro: alcanzar al menos los dos tercios de votos blancos, nulos o viciados para abrir paso a una nueva elección presidencial.
Por eso, el voto viciado no debe confundirse automáticamente con indiferencia. En determinadas circunstancias, puede ser una forma legítima de protesta democrática. El ciudadano no está obligado moralmente a elegir entre dos opciones que considera inaceptables. También tiene derecho a decir “ninguno”, a rechazar la oferta política y a dejar constancia de que el sistema le está presentando una papeleta sin esperanza.
Keiko Fujimori carga un antivoto histórico, una mochila política pesada y una desconfianza que no se borra con promesas de unidad. Roberto Sánchez, por su parte, genera temores por sus alianzas, sus propuestas de intervención estatal, sus investigaciones y las dudas sobre el rumbo institucional de un eventual gobierno. Así, muchos electores sienten que votar por cualquiera de los dos no es elegir libremente, sino aceptar una amenaza distinta.
Si los votos blancos, nulos o viciados superaran los dos tercios, el mensaje sería demoledor: la ciudadanía estaría rechazando simultáneamente a ambos candidatos y exigiendo empezar de nuevo. Pero para lograrlo no basta la indignación individual; se requiere organización, pedagogía electoral y una movilización democrática masiva.
Reflexión final
El Perú no está condenado a elegir eternamente entre el miedo y la resignación. Viciar el voto puede ser, en este contexto, una forma de decir que la democracia merece algo mejor que dos opciones rechazadas por millones. No es destruir el sistema; es exigirle calidad. Porque cuando la política ofrece caminos que muchos consideran peligrosos, el voto viciado puede convertirse en el tercer camino: el de la dignidad ciudadana. (Foto: lacajanegra.blog).
