Keiko Fujimori y Roberto Sánchez pasaron a la segunda vuelta presidencial, pero lo hicieron con una cifra que debería inquietar al país: entre ambos obtuvieron solo 4´892,792 votos de un total de 27´325,432 electores hábiles. En otras palabras, más de 22 millones de ciudadanos no votaron por ninguno de los dos. La ley les permite competir por Palacio; la política, sin embargo, deja una pregunta incómoda: ¿con qué representatividad se pretende gobernar un país tan fragmentado?
Fujimori alcanzó 2´877,678 votos y Sánchez 2´015,114. Traducido al padrón electoral, ella recibió cerca del 10,5% del total de electores y él apenas el 7,3%. Legalmente es suficiente. Democráticamente, es una señal de alarma. Nunca fue tan evidente que el Perú no está eligiendo desde el entusiasmo, sino desde el desencanto, el cálculo defensivo y el voto disperso.
El problema no es solo de los candidatos. Es de un sistema político que produce finalistas débiles porque los partidos se han convertido en maquinarias electorales sin arraigo ciudadano. No forman militancia, no construyen confianza, no representan territorios de manera sostenida. Aparecen en campaña, prometen soluciones urgentes y luego se sorprenden cuando la ciudadanía responde con distancia, ausentismo, voto blanco o voto nulo.
La comparación histórica es inevitable. En elecciones anteriores, los finalistas llegaban con porcentajes más robustos y con bloques sociales más claros. Hoy, en cambio, la segunda vuelta parece menos una disputa entre proyectos nacionales y más una obligación entre dos opciones que no lograron convencer a la mayoría. Ese vacío explica por qué crece la posibilidad de que muchos peruanos opten por votar viciado, nulo o blanco como forma de protesta.
Sin embargo, esa protesta también revela un riesgo mayor. Si el próximo presidente llega con una legitimidad tan estrecha, enfrentará desde el primer día un país desconfiado, un Congreso fragmentado y una ciudadanía poco dispuesta a conceder paciencia. Gobernar no será solo administrar el Estado; será intentar reconstruir una confianza que ya nace rota.
Fujimori y Sánchez avanzaron legalmente, pero no deberían confundir ese pase con un mandato sólido. Ganar la segunda vuelta no borrará la fragilidad de origen.
Reflexión final
Cuando dos finalistas suman menos de cinco millones de votos frente a más de veintisiete millones de electores, el mensaje es brutal: la democracia peruana no solo necesita elegir presidente; requiere recuperar representación, credibilidad y sentido de país. (Foto: lacajanegra.blog).
