El deporte peruano despide a Miguel Portanova Claros con la gratitud que se reserva a quienes no solo contaron la historia, sino que ayudaron a sentirla. Su muerte, a los 84 años, deja un silencio profundo en la radio, en el vóley, en el olimpismo y en la memoria sentimental de un país que aprendió a emocionarse con su voz.
Portanova fue mucho más que un relator deportivo. Fue un cronista de época, un chalaco de raíz, un hombre formado entre la pasión por el fútbol y la vocación por la palabra. De niño estuvo cerca del Sport Boys; de adulto encontró en el micrófono su verdadera tribuna. Su primera narración, casi por azar, en un partido entre Universitario y Sport Boys, abrió el camino de una vida dedicada a mirar el deporte con conocimiento, respeto y emoción.
Su nombre quedó unido para siempre al voleibol peruano, ese deporte que él pronunciaba con solemnidad, como quien nombra algo sagrado. Desde los Juegos Bolivarianos de 1973, Portanova acompañó el crecimiento de una generación inolvidable. Pero fue en Seúl 88 donde su voz alcanzó dimensión histórica: narró el camino glorioso de la selección femenina hasta aquella medalla de plata que todavía brilla con nostalgia y orgullo.
Miguel Portanova no relataba solamente puntos, bloqueos o remates. Relataba esperanzas. Sabía que detrás de cada jugada había un país pendiente, una familia reunida, una emoción compartida. Su tono no exageraba: elevaba. Su relato no invadía: acompañaba. Por eso su voz se volvió entrañable, porque entendía que el deporte también es memoria colectiva.
Presenció más de diez Juegos Olímpicos, una marca admirable que habla de disciplina, pasión y entrega. Ni los años, ni los problemas de salud, ni los cambios del periodismo apagaron su vocación. Incluso cuando su presencia mediática disminuyó, su amor por el deporte peruano siguió intacto.
Hoy el Perú no solo despide a un periodista; despide a una voz que supo narrar victorias, derrotas y sueños con dignidad. Miguel Portanova se va, pero queda su eco limpio sobre las canchas, como una emoción que no termina.
Porque hay voces que no mueren: descansan en la memoria del país. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
