Las declaraciones del histórico goleador chileno Carlos Caszely han puesto sobre la mesa una verdad que muchos observan, pero pocos se atreven a decir públicamente. El Mundial ya no es “fútbol y plata”; hoy es, como afirmó el exseleccionado chileno, “plata y fútbol”. El orden de los factores sí altera el resultado. Y lo que está ocurriendo en el Mundial 2026 parece confirmarlo.
Mientras la FIFA celebra ingresos récord y presume de organizar el torneo más grande de la historia, crece la sensación de que el espectáculo deportivo está siendo desplazado por una lógica comercial que todo lo mide en dólares, patrocinios, audiencias y paquetes corporativos.
La expansión a 48 selecciones y 104 partidos fue presentada como una conquista de la inclusión global. Sin embargo, detrás del discurso institucional aparece una pregunta inevitable: ¿esta ampliación responde a una necesidad deportiva o a una estrategia para vender más derechos de televisión, más publicidad y más entradas?
Los hechos hablan por sí solos. Entradas con precios históricamente elevados, paquetes VIP reservados para las élites económicas, tarifas dinámicas que castigan al aficionado común, restricciones comerciales para pequeños negocios y una maquinaria de protección de marcas que persigue cualquier uso no autorizado de símbolos mundialistas. Todo parece diseñado para maximizar ingresos.
La paradoja es evidente. El fútbol nació en las calles, en los barrios y en las tribunas populares. Hoy, en muchos casos, quienes construyeron esa pasión son los mismos que encuentran más dificultades para acceder al espectáculo.
Caszely también señaló que el verdadero Mundial comienza recién en las etapas decisivas. Más allá de que algunos compartan o no esa opinión, la afirmación refleja una preocupación creciente: la fase inicial de un torneo sobredimensionado corre el riesgo de convertirse en una larga antesala comercial antes de llegar a los partidos que realmente capturan la atención mundial.
Pero quizás lo más preocupante no sea el poder económico de la FIFA. Lo más preocupante es la escasez de voces que se atrevan a cuestionarlo. En Sudamérica abundan exfutbolistas, exdirigentes y comentaristas que durante décadas fueron protagonistas del juego. Sin embargo, son pocos los que hoy expresan públicamente una mirada crítica sobre las decisiones de la organización que gobierna el fútbol mundial.
En el Perú, ese silencio resulta particularmente llamativo. Mientras otros referentes internacionales cuestionan la creciente comercialización del deporte, predominan las opiniones prudentes o simplemente la ausencia de debate.
La FIFA tiene el derecho de generar recursos para desarrollar el fútbol. Nadie discute la importancia de una gestión económicamente sólida. Lo cuestionable es cuando el negocio comienza a ocupar el lugar que debería corresponder al deporte.
El Mundial no puede convertirse únicamente en una plataforma comercial global adornada con partidos de fútbol.
Reflexión final
Carlos Caszely hizo lo que muchos prefieren evitar: expresar una opinión incómoda frente al poder. El fútbol necesita más voces independientes y menos silencios convenientes. Porque cuando nadie cuestiona las decisiones de quienes gobiernan el deporte, el riesgo es que la Copa del Mundo deje de ser la fiesta de los aficionados para convertirse exclusivamente en la celebración de quienes hacen negocio con ella. Y cuando eso ocurre, la pelota sigue rodando, pero el espíritu del fútbol comienza a quedarse atrás. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
