La batalla electoral termina, pero comienza la crisis de gobernar

Después de semanas de conteos, apelaciones, nulidades, controversias y una polarización que dividió al país, el Perú está próximo a conocer oficialmente al ganador de las elecciones presidenciales de 2026. Sin embargo, la proclamación del nuevo mandatario no representa el final de la crisis política. Apenas marca el inicio de un desafío mucho más complejo: gobernar un país profundamente fragmentado, con instituciones debilitadas, una ciudadanía desconfiada y problemas que ya no admiten más postergaciones.

La campaña electoral dejó heridas abiertas. Los candidatos privilegiaron la confrontación antes que el debate de propuestas. Los partidos políticos volvieron a demostrar su debilidad estructural y los organismos electorales quedaron expuestos a un intenso escrutinio por la prolongación del proceso. El resultado es un país dividido prácticamente en dos mitades, donde cualquier gobierno iniciará su mandato con una legitimidad electoral ajustada y una enorme presión social.

Pero la verdadera batalla no será conservar los votos obtenidos en las urnas. Será recuperar la confianza perdida en el Estado.

El próximo gobierno recibirá un Perú golpeado por la inseguridad ciudadana, el avance del crimen organizado, la minería ilegal, el narcotráfico, la extorsión, la corrupción, la crisis del sistema de salud, una educación rezagada y una economía que necesita recuperar dinamismo. A ello se suma un Congreso fragmentado, donde la negociación política será permanente y donde los intereses partidarios muchas veces terminan imponiéndose sobre el interés nacional.

La experiencia de los últimos años demuestra que ganar una elección no garantiza gobernabilidad. El Perú ha tenido una sucesión acelerada de presidentes, enfrentamientos constantes entre los poderes del Estado y una creciente desconfianza ciudadana hacia la política. Esa inestabilidad ha frenado inversiones, debilitado las instituciones y profundizado el desencanto democrático.

La próxima administración no tendrá margen para improvisar. Los ciudadanos ya no esperan discursos épicos ni promesas grandilocuentes. Esperan resultados. Esperan seguridad para salir a las calles, empleo para sus familias, hospitales que funcionen, escuelas de calidad y un Estado que deje de ser un espectador frente al avance de la delincuencia y la corrupción.

La contienda electoral está llegando a su fin, pero el verdadero examen para el próximo presidente apenas comienza. Gobernar será mucho más difícil que ganar la segunda vuelta.

Reflexión final
Las campañas dividen; el gobierno debe unir. Las elecciones entregan poder; la gestión construye legitimidad. El Perú ya no necesita más confrontaciones estériles ni disputas interminables entre políticos. Necesita liderazgo, capacidad de diálogo, decisiones firmes y un proyecto de país que coloque nuevamente al ciudadano en el centro de la acción pública. Porque las urnas eligen gobernantes, pero solo una buena gestión puede devolverle al Perú la estabilidad y la confianza que ha perdido durante demasiados años. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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