El Perú no necesita esperar a que el agua entre por las puertas para saber que está en riesgo. La declaratoria de emergencia en 796 distritos por lluvias asociadas al fenómeno El Niño 2026-2027 confirma una verdad incómoda: el desastre no empieza con la lluvia, comienza con la indiferencia. Según el Gobierno, la medida alcanza a distritos de diversas regiones del país y busca permitir acciones extraordinarias de prevención, respuesta y rehabilitación durante 60 días. Pero la pregunta de fondo sigue intacta: ¿por qué seguimos actuando como si cada emergencia fuera una sorpresa?
Cada vez que el clima amenaza, el Estado aparece con decretos, conferencias y palabras solemnes. Luego vienen las botas, los chalecos, las inspecciones y las promesas. Sin embargo, en los pueblos más vulnerables, donde las quebradas se activan, los ríos se desbordan y las viviendas resisten como pueden, la prevención casi siempre llega tarde o no llega. El Niño no solo trae lluvias: también revela la precariedad de un país que ha normalizado vivir al borde del colapso.
La emergencia comprende cientos de distritos expuestos a precipitaciones intensas, inundaciones y daños en infraestructura básica. No hablamos de estadísticas frías, sino de familias que pueden perder su casa, agricultores que pueden ver arruinada su cosecha, niños que podrían quedarse sin escuela y comunidades enteras que volverán a escuchar la misma frase de siempre: “Estamos evaluando”. Evaluar cuando el peligro ya está encima es una forma elegante de admitir que no se hizo lo necesario antes.
Lo más grave es que el Perú conoce esta historia. La ha vivido con huaicos, carreteras destruidas, hospitales afectados, puentes caídos y presupuestos ejecutados a medias. Se invierte más energía en anunciar emergencias que en construir soluciones sostenidas. La prevención no da tantos titulares como la tragedia, pero salva vidas. Sin embargo, para cierta política acostumbrada al corto plazo, lo urgente a menudo termina devorando a lo importante.
El Niño pone en emergencia a casi medio Perú, pero también pone en evidencia a una clase dirigente que sigue confundiendo gestión del riesgo con reacción mediática. Declarar la emergencia es necesario, pero no suficiente. El país necesita obras, limpieza de cauces, drenajes, planificación urbana, fiscalización del gasto y autoridades que respondan antes de que el agua arrastre lo poco que muchas familias han construido.
Reflexión final
La lluvia no discrimina, pero la desidia sí. Golpea con más fuerza donde el Estado llega último, donde la pobreza obliga a vivir en zonas vulnerables y donde la prevención fue archivada hasta nuevo aviso. El verdadero desastre no será El Niño. El verdadero desastre será que, después de esta emergencia, el Perú vuelva a olvidar a los mismos peruanos de siempre. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
