La herencia maldita: gobernar un Perú roto y desconfiado

El próximo gobierno no recibirá un país listo para despegar, sino una herencia incómoda, pesada y profundamente deteriorada: inseguridad en las calles, economía informal como refugio de millones, instituciones debilitadas y una sociedad fragmentada que mira al poder con sospecha. Gobernar el Perú ya no consiste solo en administrar ministerios; consiste en intentar ordenar una casa donde casi todos desconfían del dueño, del administrador y hasta del vecino.

La primera bomba sobre el escritorio será la inseguridad. El crimen ya no golpea únicamente en las noticias policiales; golpea en bodegas, mercados, colegios, transporte, barrios y negocios familiares. Especialistas de la PUCP han advertido que el país llegó a las elecciones de 2026 con una crisis de seguridad alimentada por respuestas reactivas, institucionalidad fragmentada y falta de prevención seria.

El problema es que la política suele vender “mano dura” como si fuera detergente electoral: promete limpiar todo, rápido y sin esfuerzo. Pero sin inteligencia, reforma policial, presencia territorial, justicia eficaz y prevención social, la mano dura termina siendo solo una frase fuerte para una realidad débil. El Instituto Peruano de Economía ha señalado que la inseguridad es uno de los desafíos más críticos para el próximo gobierno y que, según el BCRP, le cuesta al país alrededor de 2.2% del PBI.

A esa crisis se suma la economía informal, esa gran sala de espera donde millones sobreviven porque el Estado nunca llegó con empleo digno, protección social ni reglas razonables. La informalidad no es folclore ni viveza nacional: es abandono institucional con recibo diario. Mientras tanto, la política promete formalizar, pero muchas veces solo produce más trámites, más costos y más discursos.

La crisis institucional completa el cuadro. El Perú ha vivido años de inestabilidad, partidos débiles y gobiernos sin capacidad de articular mayorías sólidas. En la elección de 2026, la fragmentación volvió a mostrarse como sistema: decenas de candidaturas, organizaciones políticas frágiles y una ciudadanía cada vez más desengañada.

Por eso, el nuevo gobierno tendrá que elegir entre gobernar con responsabilidad o administrar el mismo desorden con nuevo membrete. La fragmentación social no se cura con ceremonias, ni la confianza vuelve por decreto. Se reconstruye con seguridad real, justicia que funcione, empleo formal, transparencia y respeto institucional.

La herencia es dura, pero no inevitable. El país necesita un gobierno que entienda que la autoridad no se impone gritando más fuerte, sino funcionando mejor. Gobernar un Perú roto exige menos propaganda y más Estado.

Reflexión final
El próximo gobierno no será juzgado por sus promesas, sino por su capacidad de devolver confianza. Porque cuando un país aprende a vivir desconfiando de todo, la democracia no muere de golpe: se desgasta en silencio. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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