El Perú estrena Congreso bicameral, pero conviene no emocionarse demasiado. En política peruana, cambiar la fachada no siempre significa reparar la casa. Vuelven los senadores, continúan los diputados y se promete una representación más seria. El problema es que la historia nacional enseña una lección amarga: cuando los mismos vicios entran por puertas nuevas, la reforma termina pareciéndose demasiado al maquillaje institucional.
El nuevo Congreso nace con una mochila pesada: bancadas fragmentadas, partidos débiles, intereses particulares y una ciudadanía que ya no cree fácilmente en los discursos parlamentarios. Se habla de equilibrio de poderes, de mejor revisión de leyes y de mayor calidad legislativa. Suena bien. Casi tan bien como todas las promesas que el país ha escuchado antes de terminar viendo negociaciones opacas, cambios de camiseta, blindajes convenientes y leyes hechas con calculadora política.
La bicameralidad pudo ser una oportunidad para elevar el nivel del debate público. Pero también puede convertirse en una ampliación del viejo problema: más oficinas, más asesores, más discursos, más comisiones y, si no hay verdadera responsabilidad, más distancia entre el Congreso y la calle. Porque el ciudadano no come bicameralidad, no se cura con sesiones solemnes y no paga menos extorsiones porque un parlamentario lea un discurso sobre institucionalidad.
El país exige seguridad, empleo, salud, justicia y lucha real contra la corrupción. Mientras tanto, una parte de la política parece vivir en otro Perú: el Perú de las cuotas, los cálculos internos, las alianzas frágiles y las reformas que se anuncian con solemnidad para luego dormir en algún cajón. La desconexión es tan evidente que ya ni siquiera sorprende; apenas confirma el deterioro de una representación que se acostumbró a pedir confianza sin ganársela.
El Congreso nuevo tendrá que demostrar que no nació viejo. Si sus cámaras sirven para revisar mejor las leyes, fiscalizar con seriedad y debatir con altura, el cambio habrá tenido sentido. Pero si el Senado y la Cámara de Diputados terminan convertidos en dos escenarios para la misma obra de siempre, el país habrá duplicado el problema con dinero público.
La baja confianza ciudadana no es un capricho ni una moda antipolítica. Es consecuencia de años de espectáculo, improvisación, intereses cruzados y reformas pendientes. Los peruanos no desconfían del Congreso porque sí; desconfían porque han visto demasiado.
El Perú no necesita más curules para producir más decepciones. Necesita representantes que entiendan que el poder no es premio, refugio ni negocio político. La bicameralidad será una reforma solo si mejora la conducta de quienes la ocupan.
Reflexión final
Un Congreso nuevo con viejos vicios no es renovación: es reciclaje con presupuesto público. Y si la política vuelve a fallar, no podrá culpar al sistema, al reglamento ni a la ciudadanía. Esta vez, el país mirará con menos paciencia y mucha más memoria. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
