JNE y ONPE: la sombra que golpea la fe democrática

En una democracia seria, los organismos electorales no solo deben contar votos: deben producir confianza. Esa es su misión más delicada. El Jurado Nacional de Elecciones y la ONPE cumplen funciones distintas, pero complementarias: uno administra justicia electoral y proclama resultados; la otra organiza el proceso, instala mesas, distribuye material y garantiza que la jornada funcione. Cuando una elección termina cuestionada, el problema ya no es solo quién ganó o quién perdió. El problema mayor es si la ciudadanía cree en el camino que llevó a ese resultado.

El Perú llega nuevamente a una escena conocida: actas observadas, reclamos, acusaciones, sospechas y un país partido entre quienes exigen respetar la legalidad y quienes sienten que la institucionalidad no alcanza para despejar todas las dudas. Según reportes internacionales, en el proceso electoral de 2026 se revisaron miles de actas cuestionadas y cerca del 6% de mesas estuvo bajo observación por inconsistencias o información faltante; además, observadores de la Unión Europea no reportaron señales de fraude sistemático. Ese dato es importante, pero no suficiente para cerrar la discusión pública.

La legalidad puede resolver expedientes, pero no siempre cura la desconfianza. Y allí está el punto central: JNE y ONPE no pueden actuar como si bastara publicar resoluciones, audiencias o comunicados técnicos. En un país con memoria de crisis, polarización y descrédito político, la transparencia debe ser activa, pedagógica y permanente. Cada demora, cada silencio, cada explicación tardía abre una puerta a la sospecha.

La ONPE tiene la enorme responsabilidad de que la elección funcione en el terreno: locales, materiales, miembros de mesa, conteo y transmisión. Si falla la logística, aunque no exista fraude, se golpea la credibilidad. El JNE, por su parte, debe resolver controversias con independencia, claridad y oportunidad. Su autoridad no puede descansar únicamente en la norma; también debe sostenerse en una conducta pública impecable, comprensible y verificable.

Es cierto: ningún candidato puede convertir su derrota en denuncia sin pruebas. Pero también es cierto que ninguna institución puede pedir confianza ciega. La democracia no se defiende con fe, sino con evidencia, trazabilidad, auditoría y comunicación clara. En tiempos de redes sociales, una duda mal atendida puede convertirse en una narrativa incendiaria.

JNE y ONPE están obligados a defender la legalidad, pero también a reconstruir legitimidad. Porque una elección puede ser jurídicamente válida y, aun así, quedar políticamente herida si la ciudadanía siente que no recibió explicaciones suficientes.

Reflexión final
El Perú no necesita organismos electorales encerrados en lenguaje técnico ni políticos dispuestos a incendiar el país por cálculo. Necesita instituciones transparentes y ciudadanos vigilantes. La democracia se cuida contando bien los votos, pero también explicando cada paso con la claridad que merece un país cansado de desconfiar. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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