La FIFA de Infantino: poder económico y crisis de valores

Gianni Infantino preside la FIFA como quien administra una caja fuerte con forma de balón. Mientras millones de hinchas quedan fuera de los estadios por entradas prohibitivas, paquetes VIP desbordados y una Copa del Mundo cada vez más privatizada, el presidente del organismo rector aparece rodeado de cifras millonarias, privilegios ejecutivos y discursos sobre inclusión. La contradicción no puede ser más clara: la FIFA habla en nombre del pueblo, pero factura como corporación global; invoca la esencia del fútbol, pero lo exprime hasta convertirlo en producto de lujo.

Los datos ayudan a entender el tamaño de esa distancia. La propia FIFA reconoció en sus informes de compensación que, tras la reelección de Infantino, se aprobó para él un salario base multimillonario, además de seguros, aportes sociales, pensión y otros beneficios ejecutivos. A ello se suman bonos y asignaciones que, según reportes periodísticos internacionales como Le Monde, elevaron aún más sus ingresos. Nadie niega que dirigir una organización mundial implique responsabilidad. El problema no es el sueldo en sí, sino el contraste obsceno entre la cúpula que cobra y el hincha que cada vez puede menos.

Ese contraste quedó brutalmente expuesto en el Mundial 2026. Mientras la FIFA celebraba récords de ingresos y multiplicaba sus vitrinas comerciales, miles de aficionados tuvieron que resignarse a mirar el torneo desde una pantalla por el precio de los boletos, el auge de la reventa y la lógica elitista de las experiencias premium. La Copa del Mundo, nacida como fiesta popular, fue empujada otra vez hacia un escaparate de lujo. El aficionado común ya no parece ser el corazón del espectáculo, sino apenas el consumidor ideal al que hay que exprimir emocionalmente.

Infantino prometió renovación tras el colapso moral de la era Blatter. Pero con el tiempo su gestión ha ido consolidando otra forma de distanciamiento: más poder, más facturación, más espectáculo y menos pudor. La expansión del Mundial a 48 selecciones, la inflación comercial del Mundial de Clubes, las pausas funcionales a la televisión, los shows pensados para el mercado y la obsesión por monetizar hasta la atmósfera de los torneos dibujan una misma ruta. Todo se vende: el acceso, la experiencia, la imagen, la emoción y, si se deja, hasta la conferencia de prensa.

Y mientras arriba circulan los millones, abajo persisten las carencias. Los niños siguen jugando en canchas precarias, muchas federaciones pequeñas sobreviven con apoyo insuficiente, los clubes modestos cargan con estructuras débiles y el fútbol femenino todavía reclama inversiones consistentes. Sin embargo, la FIFA prefiere presentar cada expansión como democratización. Curiosa democracia la de Zúrich: más países en la foto, más marcas en los paneles y menos pueblo en las tribunas.

El problema de fondo es que Infantino ya no representa solo a una persona, sino a un modelo. Una FIFA rica, blindada, autosatisfecha, cada vez más cercana al poder político y cada vez más lejana del hincha común. Un modelo donde la pasión sube desde la base, pero el dinero se concentra en la cima. Un modelo donde el fútbol se usa como lenguaje universal, mientras sus beneficios se administran con lógica de club privado.

El debate, por tanto, no gira solo alrededor de cuánto gana Gianni Infantino. El verdadero debate es qué tipo de fútbol está construyendo. Si el organismo más poderoso del planeta genera miles de millones, debería dejar legado real: infraestructura, formación, acceso, transparencia y precios razonables. No basta con balances brillantes, ceremonias de gala y oficinas elegantes.

Reflexión final
Infantino podrá seguir hablando de unidad, inclusión y futuro. Pero las cifras, las políticas de precios y el modelo de negocio cuentan otra historia. Cuando el presidente gana millones y el hincha queda expulsado por precios imposibles, la FIFA deja de parecer la casa del fútbol y empieza a parecer una empresa que comercializa nostalgia. La pelota todavía emociona. El problema es que quienes hoy la gobiernan parecen más interesados en contar billetes que en cuidar su alma. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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