¿Empezó el transfuguismo en la política peruana?

En la política peruana, los acuerdos suelen pronunciarse en público y deshacerse en privado. Las bancadas anuncian unidad, invocan principios y prometen transparencia; pero basta una votación decisiva para que aparezcan los olvidos, los votos que no se muestran y las explicaciones que llegan cuando la sospecha ya ha ocupado todo el hemiciclo.

La suspensión de Silvana Robles en sus derechos de bancada, después de no exhibir su voto durante la segunda elección de la Mesa Directiva del Senado, vuelve a colocar sobre la mesa una práctica nacional de larga data: el posible transfuguismo. Juntos por el Perú anunció una investigación y advirtió que, si se confirma el incumplimiento del acuerdo opositor, correspondería su expulsión.

No existe todavía una conclusión definitiva. Pero el episodio retrata una política donde hasta un supuesto descuido puede alterar equilibrios de poder.

La bancada había acordado votar por la lista opositora y mostrar el voto como garantía de transparencia. Robles no lo mostró. Ella sostiene que fue un olvido y niega haber favorecido a la alianza de Fuerza Popular y Renovación Popular.

Su defensa merece ser escuchada y cualquier sanción debe respetar el debido proceso. Sin embargo, resulta difícil pedirle al país que acepte con naturalidad que, precisamente en una elección sensible, una parlamentaria olvidó cumplir el mecanismo acordado para demostrar su voto.

En la política peruana, las coincidencias suelen llegar disfrazadas de distracción.

El transfuguismo no comienza necesariamente con una renuncia formal a la bancada. Empieza cuando el compromiso político deja de ser una obligación y se convierte en una recomendación. Aparece cuando un representante ofrece una conducta ante sus electores y actúa de manera distinta cuando se cierran las puertas de la votación.

La libertad de conciencia parlamentaria no puede utilizarse como coartada para la opacidad. Un congresista o senador tiene derecho a discrepar de su partido, pero también tiene el deber político de hacerlo abiertamente. Disentir es democrático; esconderse detrás de un voto inexplicable erosiona la confianza.

El problema trasciende a Silvana Robles. Las bancadas peruanas se forman con una facilidad semejante a aquella con la que se fragmentan. Los representantes llegan elegidos por una organización, abandonan sus compromisos, cambian de grupo y luego presentan cada movimiento como una decisión de principios. Curiosamente, muchos de esos principios despiertan cuando se reparten presidencias, comisiones, cargos y cuotas de poder.

Así se ha degradado la representación: el voto ciudadano elige una propuesta, pero el parlamentario puede terminar sirviendo a otra.

Desde La Caja Negra rechazamos tanto el transfuguismo como los juicios anticipados. Si Robles respetó el acuerdo, la investigación debe demostrarlo y limpiar su nombre. Si lo incumplió deliberadamente, la sanción debe ser firme.

Lo inadmisible sería que el caso termine en una investigación decorativa, un intercambio de acusaciones y una reconciliación silenciosa cuando baje la atención pública. La transparencia no puede consistir en mostrar el voto solo cuando conviene.

Los acuerdos políticos se cumplen o se rechazan de frente. No se olvidan oportunamente.

Este episodio revela la fragilidad de las alianzas y la escasa confianza existente dentro de las propias bancadas. Cuando un partido necesita exigir que sus integrantes enseñen el voto, queda claro que ni siquiera entre aliados existe seguridad sobre el cumplimiento de la palabra.

Reflexión final
El transfuguismo no es solamente cambiar de camiseta. También es traicionar un compromiso, ocultar una decisión o utilizar la representación popular como moneda de negociación. El país merece conocer qué ocurrió realmente. Porque cuando el voto se esconde, la sospecha gobierna; y cuando la palabra política pierde valor, la democracia termina convertida en otro acuerdo que nadie se siente obligado a cumplir. (Foto: La República).

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