Gianni Infantino llegó a la presidencia de la FIFA en febrero de 2016 como un administrador eficaz, políglota y relativamente desconocido para millones de aficionados. Durante años había sido el rostro de los sorteos de la Champions League y la mano derecha de Michel Platini en la UEFA. Cuando los escándalos que sacudieron al fútbol internacional apartaron a Platini de la sucesión de Joseph Blatter, Infantino dejó de ser un funcionario secundario y se convirtió en el candidato de emergencia de la dirigencia europea.
Prometió “restaurar la imagen de la FIFA” y devolverle el fútbol a una institución hundida en investigaciones, pérdida de patrocinadores y un déficit cercano a los 550 millones de dólares. Diez años después, la FIFA es más rica, expansiva e influyente. También está más identificada con la voluntad de un solo hombre.
Infantino ganó las elecciones de 2016 por 115 votos contra 88. En la primera vuelta apenas había superado al jeque Salman bin Ebrahim al-Khalifa por 88 votos frente a 85. Su victoria no se construyó únicamente con discursos reformistas: ofreció duplicar los fondos destinados a las federaciones y entendió algo esencial sobre la política deportiva mundial: cada una de las 211 asociaciones nacionales posee un voto, independientemente de su tamaño, tradición o poder económico.
Desde entonces, FIFA Forward se convirtió simultáneamente en una herramienta de desarrollo y en la base material de su fortaleza política. Hasta 2022 se destinaron aproximadamente 2.800 millones de dólares a más de 1.600 proyectos. Para el periodo 2023-2026, la financiación aumentó un 30 %. Cada asociación recibió nuevos recursos y las confederaciones también incrementaron sus fondos.
Invertir en infraestructura y fútbol base es necesario. Pero cuando el dirigente que distribuye los millones también busca la reelección, la gratitud puede reemplazar a la fiscalización. El dinero desarrolla canchas, pero también cultiva silencios.
Infantino fue reelegido sin oposición en 2019 y 2023. Podría presentarse nuevamente en 2027 porque el comité de gobernanza determinó que su primer periodo, de tres años, no debía computarse como mandato completo. La FIFA limita a su presidente a tres periodos, pero la interpretación reglamentaria terminó ofreciendo una prolongación conveniente.
Su consolidación también se apoyó en la expansión permanente. El Mundial pasó de 32 a 48 selecciones y de 64 a 104 partidos. La Copa Mundial de Clubes ocupó un verano destinado tradicionalmente al descanso de los futbolistas. El Mundial 2030 fue distribuido entre tres continentes, mientras el proceso para 2034 dejó a Arabia Saudita prácticamente sin competencia. Más participantes significan mayor representación, pero también más contratos, transmisiones, patrocinadores y federaciones satisfechas.
La FIFA prevé ingresos cercanos a 13.000 millones de dólares para el ciclo 2023-2026. Paralelamente, el salario base de Infantino habría aumentado de 2,4 a 3,2 millones, además de una bonificación superior a los dos millones. Mientras el organismo acumula récords financieros, la entrada más barata para la final de 2026 llegó a aproximarse a 4.200 dólares. El fútbol se proclama universal, pero asistir a su máxima celebración empieza a parecer un privilegio de élite.
Su acercamiento a Donald Trump profundizó los cuestionamientos. Infantino acompañó al mandatario en actividades diplomáticas, le entregó el primer Premio de la Paz de la FIFA y quedó expuesto tras la revisión de la sanción contra Folarin Balogun, precedida por una llamada del presidente estadounidense. La FIFA defendió la independencia de sus órganos disciplinarios, pero la secuencia dejó una pregunta elemental: ¿puede cualquier jefe de Estado llamar para solicitar que se revise una tarjeta roja?
Infantino no conquistó el poder exclusivamente mediante carisma. Lo hizo combinando preparación jurídica, conocimiento institucional, distribución de recursos, ampliación de competiciones, alianzas gubernamentales y una extraordinaria capacidad para convertir cada reforma en respaldo electoral. Rescató financieramente a la FIFA, pero construyó alrededor de su presidencia una estructura donde la oposición parece innecesaria, inconveniente o imposible.
Reflexión final
El mayor riesgo no es que Infantino sea exitoso, sino que su éxito haya debilitado los contrapesos. Cuando un dirigente reparte fondos, modifica torneos, influye en procesos de sede, interpreta los límites de mandato, cultiva relaciones con gobiernos y se presenta sin rivales, la democracia interna corre el peligro de reducirse a una ceremonia con aplausos programados.
Infantino prometió que el dinero de la FIFA sería utilizado para desarrollar el fútbol. La promesa se cumplió parcialmente. Pero el fútbol mundial no necesita un benefactor que dependa de la gratitud de quienes reciben sus recursos. Necesita instituciones transparentes, fiscalización independiente, alternancia y dirigentes capaces de recordar que administran una pasión colectiva, no un reino personal. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
