La renuncia de Luis Isael Rubio a la candidatura de Renovación Popular para la alcaldía de Lima, presentada apenas un día antes del vencimiento del plazo, difícilmente puede archivarse como una sencilla decisión personal. Su salida deja a Rafael López Aliaga, inscrito como primer regidor y teniente alcalde, en posición de asumir el municipio si la lista gana las elecciones.
El procedimiento podrá envolverse en oficios, firmas certificadas y artículos reglamentarios. Sin embargo, la pregunta política permanece intacta: ¿se está utilizando una candidatura formal para abrirle la puerta a quien no podía presentarse directamente a una reelección inmediata?
Rubio renunció después de que su candidatura ya había sido admitida. La coincidencia temporal resulta demasiado conveniente para exigirle al ciudadano que no sospeche. Si todo termina con López Aliaga convertido en alcalde por sucesión, Lima habrá presenciado una operación jurídicamente decorada para obtener por la puerta lateral lo que la Constitución impediría por la entrada principal.
Eso no es una discusión menor ni una travesura electoral. El elector acudirá a votar por una lista encabezada por una persona, pero podría recibir como alcalde a otra. La cédula diría un nombre; el poder acabaría en manos de alguien diferente. La democracia convertida en letra diminuta.
Renovación Popular debe explicar con absoluta claridad cuándo conoció la decisión de Rubio, si existieron coordinaciones previas y por qué López Aliaga fue colocado estratégicamente como primer regidor. Las “razones personales” no pueden funcionar como cortina suficiente cuando sus consecuencias afectan la representación política de casi diez millones de habitantes.
El JEE y el JNE tampoco pueden actuar como meros notarios de una maniobra cuestionada. Su obligación no consiste únicamente en comprobar que el documento tenga cuatro folios y una firma válida. Deben evaluar si la lista fue instrumentalizada desde su origen y si estamos ante un intento de reelección encubierta.
El problema es todavía más grave porque revela un sistema electoral lleno de parches, vacíos y reglamentos dispersos, donde algunos dirigentes parecen competir no por presentar mejores propuestas, sino por encontrar el atajo legal más rentable.
Aceptar la renuncia sin investigar el fondo del caso sería premiar la habilidad para bordear la ley y castigar la confianza del elector. Las autoridades electorales deben resolver con independencia, transparencia y respeto al espíritu constitucional, no con una lectura cómoda del reglamento.
Reflexión final
Lima no merece un alcalde surgido de una sustitución cuidadosamente calculada. Si Rafael López Aliaga quería gobernar nuevamente la capital, correspondía discutir abiertamente su habilitación, no aparecer detrás de una candidatura que se desvanece en el momento exacto. Cuando la política convierte los vacíos legales en escaleras hacia el poder, la ley queda formalmente intacta, pero la voluntad popular termina burlada. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
