Los ‘bots’: La nueva arma de manipulación política

Una publicación política aparece en las redes sociales. En cuestión de minutos acumula miles de “me gusta”, comentarios y mensajes de respaldo. La candidatura parece imparable, la consigna luce mayoritaria y el adversario recibe una avalancha de críticas. Sin embargo, detrás de esa supuesta multitud puede no haber ciudadanos, sino programas informáticos y cuentas falsas obedeciendo órdenes.

Los bots se han convertido en una nueva arma de manipulación política en América Latina. No votan, no piensan y no tienen convicciones, pero pueden influir en aquello que los electores ven, comentan y terminan creyendo.

Un bot es una cuenta automatizada capaz de publicar, responder, compartir contenidos o impulsar etiquetas sin la participación permanente de una persona. Cuando cientos o miles actúan coordinadamente, pueden fabricar tendencias, amplificar determinadas narrativas y crear una apariencia engañosa de consenso o rechazo social.

Los trolls son diferentes: detrás de ellos sí existe una persona dedicada a provocar, hostigar, desacreditar o desviar conversaciones. Bots y trolls pueden trabajar juntos. Unos producen volumen; los otros añaden agresividad. La combinación resulta políticamente útil: primero fabrica la multitud y después le entrega piedras digitales.

Estas operaciones pueden funcionar desde servidores en la nube, computadoras o dispositivos conectados y administrados simultáneamente. Ya no hace falta llenar una habitación con activistas convencidos. Basta con alquilar capacidad tecnológica y programar entusiasmo, indignación o insultos según las necesidades de la campaña.

El método tiene antecedentes reconocibles. En el Perú de los años noventa, ciertos diarios sensacionalistas atacaron adversarios y favorecieron al oficialismo de Alberto Fujimori. Antes se compraban portadas; ahora pueden fabricarse tendencias. La añeja manipulación solamente cambió el papel periódico por la pantalla táctil.

El peligro no termina en las redes. Una etiqueta impulsada artificialmente puede convertirse en noticia, provocar declaraciones políticas e ingresar a debates televisivos. Luego regresa a internet con una legitimidad prestada. Así, una mentira automatizada puede recorrer el sistema informativo disfrazada de clamor ciudadano.

No todos los bots son perjudiciales: también atienden consultas, recopilan datos y realizan tareas legítimas. El problema comienza cuando ocultan su naturaleza, simulan ser personas y buscan distorsionar procesos electorales.

América Latina necesita transparencia sobre las campañas digitales, fiscalización electoral y responsabilidades para partidos, consultoras y plataformas. La propaganda no puede esconderse detrás de identidades ficticias para manipular al votante.

Reflexión final
La democracia se construye con ciudadanos informados, no con cuentas programadas. Una tendencia no a menudo representa a una mayoría y miles de aplausos pueden provenir de una sola computadora. Antes de obedecer al ruido digital, conviene preguntar quién encendió la máquina. Los bots no depositan votos, pero pueden intentar decidir hacia dónde caminan los nuestros. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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