La segunda vuelta presidencial del 7 de junio no parece encaminada a elegir con entusiasmo al próximo huésped de Palacio, sino a decidir quién provoca menos rechazo. El antivoto, la economía y la inseguridad se han convertido en los verdaderos protagonistas de una campaña donde las propuestas concretas brillan por su ausencia. El país no está votando entre grandes proyectos nacionales; está calculando daños, midiendo temores y preguntándose cuál de las dos opciones incendiará menos la casa.
Con el conteo de la ONPE prácticamente cerrado, Keiko Fujimori y Roberto Sánchez llegan a la segunda vuelta en un escenario de polarización, apatía y desconfianza. Ninguno parece haber conquistado una mayoría entusiasta. Lo que domina es el voto defensivo: no votar por alguien, sino contra alguien. Así, la democracia peruana vuelve a su deporte favorito: elegir no al mejor, sino al menos peligroso según el miedo de cada elector.
El antivoto será clave. Keiko carga un rechazo histórico que no desaparece con jingles, sonrisas ni promesas de moderación. Sánchez, por su parte, enfrenta dudas por sus alianzas, sus investigaciones y el temor a un giro radical con impacto económico e institucional. Ambos deberán convencer a un país cansado, escéptico y cada vez menos dispuesto a creer en discursos de campaña.
Pero mientras los candidatos calculan votos, el Perú real espera respuestas urgentes. La inseguridad ciudadana sigue golpeando calles, negocios y transporte. El fenómeno de El Niño amenaza con volver a poner en evidencia la precariedad estatal. Y la economía observa con nerviosismo una elección capaz de mover el dólar, enfriar inversiones y aumentar la incertidumbre. Los mercados no votan, pero reaccionan; y cuando reaccionan mal, quien paga no es el candidato, sino el ciudadano.
Lo más preocupante es la falta de propuestas serias. Se habla de unidad, cambio y estabilidad, pero poco de cómo enfrentar extorsiones, homicidios, prevención climática, empleo, inversión y gobernabilidad. El Perú no necesita slogans; necesita planes ejecutables. Pero pedir eso en campaña parece casi una impertinencia técnica.
La segunda vuelta no será solo una disputa electoral. Será una prueba de resistencia para un país agotado por la inseguridad, la incertidumbre económica y el descrédito político. El ganador no recibirá un cheque en blanco, sino una nación desconfiada y al borde del hartazgo.
Reflexión final
El problema no es únicamente quién llegará a Palacio. El problema es que el próximo gobierno podría nacer con más rechazo que esperanza. Y cuando una democracia elige desde el miedo, el resultado puede ser legal, pero difícilmente será sanador. El Perú necesita votar pensando en el futuro, no solo huyendo del pasado. (Foto: tucambista.pe).
