Curazao jugará el Mundial 2026 con un dato que parece anecdótico, pero deberÃa encender una alarma: 25 de sus 26 convocados nacieron en PaÃses Bajos. La clasificación es histórica y merece respeto, pero también abre una pregunta incómoda: ¿la FIFA está democratizando el fútbol o está permitiendo que el Mundial se llene de selecciones armadas por conveniencia reglamentaria?
Curazao, una isla de apenas 150 mil habitantes, debutará en la Copa del Mundo con una plantilla casi totalmente nacida fuera de su territorio. Legalmente, no hay discusión si los futbolistas cumplen las normas de elegibilidad. Pero el debate no es solo jurÃdico. El debate es deportivo, ético y cultural. Una selección nacional deberÃa representar algo más que un trámite de pasaporte o un árbol genealógico útil.
La expansión del Mundial a 48 selecciones fue presentada por la FIFA como inclusión. Más paÃses, más oportunidades, más presencia global. Suena bonito. Pero detrás también hay otra verdad: más partidos, más entradas, más derechos de televisión, más patrocinadores y más ingresos. En nombre de la democratización, la FIFA está construyendo un torneo más colosal, aunque no necesariamente mejor.
El riesgo es evidente. Si el camino para competir deja de ser formar jugadores y pasa a ser rastrear futbolistas nacidos en otros paÃses, muchas federaciones podrÃan abandonar el trabajo serio con menores, infraestructura, entrenadores y torneos locales. ¿Para qué invertir veinte años en desarrollo si se puede armar una selección con jugadores ya formados en Europa?
Repatriar futbolistas con raÃces nacionales puede ser válido como complemento. El problema aparece cuando se convierte en polÃtica central. Hoy es Curazao con PaÃses Bajos. Mañana podrÃan ser federaciones con enorme poder económico nacionalizando talentos de élite para fabricar selecciones de laboratorio. No serÃa fútbol de selecciones; serÃa mercado internacional con camiseta.
Curazao no debe ser tratado como culpable, sino como sÃntoma. La FIFA debe revisar el efecto real de su expansión. Más selecciones no significan automáticamente más calidad, más identidad ni más justicia deportiva.
Reflexión final.
El Mundial debe representar historia, formación, pertenencia y competencia genuina. Si la Copa se convierte en una vitrina de selecciones postizas, la FIFA no estará haciendo crecer el fútbol: estará agrandando el negocio mientras achica su alma. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
