Cuando la desconfianza se vuelve más fuerte que la democracia

Las democracias no suelen derrumbarse de un día para otro. Tampoco desaparecen únicamente por golpes de Estado o rupturas constitucionales. Muchas veces comienzan a debilitarse cuando los ciudadanos dejan de creer en las instituciones que deberían representarlos, protegerlos y garantizar el cumplimiento de las reglas.

El Perú parece estar acercándose peligrosamente a ese escenario. La creciente desconfianza hacia la política, el Congreso, el Ejecutivo, la justicia y hasta los organismos electorales ha comenzado a erosionar uno de los activos más importantes de cualquier democracia: la legitimidad.

Y cuando la confianza desaparece, la democracia empieza a caminar sobre terreno inestable.

Durante los últimos años, el país ha vivido una sucesión de crisis políticas que han desgastado profundamente la credibilidad institucional. Presidentes destituidos, investigaciones por corrupción, enfrentamientos entre poderes del Estado, promesas incumplidas y una permanente sensación de improvisación han debilitado la confianza ciudadana.

El resultado es visible. Cada decisión pública genera sospechas. Cada proceso electoral es cuestionado. Cada institución enfrenta dudas sobre su imparcialidad. Y cada crisis alimenta una percepción cada vez más extendida de que el sistema funciona lejos de las necesidades reales de la población.

La democracia necesita reglas, pero también necesita confianza. Cuando los ciudadanos dejan de creer en quienes administran esas reglas, el sistema comienza a perder legitimidad.

La situación se agrava porque esta crisis de confianza ocurre en medio de otros problemas igualmente graves. La inseguridad avanza, la corrupción sigue apareciendo en titulares, los servicios públicos muestran deficiencias y millones de peruanos sienten que la política se encuentra más preocupada por sus disputas internas que por resolver los problemas del país.

Los gobiernos de Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí y actualmente José Balcázar han enfrentado distintos desafíos, pero todos han contribuido, en mayor o menor medida, a un escenario donde la ciudadanía observa con creciente escepticismo la capacidad del Estado para responder a las demandas sociales.

Lo preocupante es que la desconfianza tiene un efecto acumulativo. Cuando se vuelve permanente, deja de ser una reacción frente a un problema puntual y se transforma en una forma de relacionarse con las instituciones.

Una democracia donde la sospecha se vuelve norma corre el riesgo de debilitar sus propios fundamentos.

La crisis de confianza que atraviesa el Perú no es un problema menor ni pasajero. Se trata de una amenaza directa a la estabilidad democrática y a la gobernabilidad futura.

Recuperar la legitimidad institucional exigirá mucho más que discursos o campañas de imagen. Exigirá resultados, transparencia y una conducta pública coherente con las expectativas ciudadanas.

Reflexión final
Las democracias se fortalecen cuando los ciudadanos creen en las instituciones. Se debilitan cuando la decepción reemplaza a la confianza y cuando la sospecha desplaza a la credibilidad.

Hoy, el principal desafío del Perú quizás no sea únicamente económico, político o social. Tal vez sea recuperar la confianza perdida.

Porque cuando la desconfianza se vuelve más fuerte que la democracia, el peligro ya no radica únicamente en quienes gobiernan. El peligro aparece cuando los ciudadanos comienzan a dejar de creer que las instituciones pueden resolver sus problemas.

Y ninguna democracia puede prosperar durante mucho tiempo si pierde la confianza de aquellos a quienes debe servir. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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