Las crisis verdaderamente profundas no comienzan cuando una selección queda eliminada de un Mundial. Comienzan mucho antes, cuando se deja de planificar, cuando se abandona la formación de nuevas generaciones y, sobre todo, cuando quienes tienen la autoridad moral para advertir el problema prefieren guardar silencio. Iván Zamorano, histórico capitán y goleador de Chile, dijo con absoluta claridad lo que muchos en el Perú evitan pronunciar: que Paolo Guerrero siga siendo el principal referente ofensivo de la selección con 42 años demuestra que el recambio generacional nunca fue construido. No es una crítica contra el «Depredador»; es una radiografía del fracaso de todo un sistema.
Lo más preocupante es que esta reflexión haya llegado desde afuera y no desde Lima. Mientras un exfutbolista chileno realiza una dura autocrítica sobre el derrumbe de su propio fútbol y el del Perú, muchos referentes peruanos continúan observando el colapso desde una prudencia que ya resulta difícil de justificar.
Las declaraciones de Zamorano tienen un enorme valor porque comienzan por reconocer el fracaso de su propio país. Admitió que Chile se dejó seducir por los éxitos de su «Generación Dorada». Mientras Alexis Sánchez, Arturo Vidal, Claudio Bravo y Gary Medel conquistaban América, los dirigentes dejaron de invertir en la siguiente generación. El resultado está a la vista: tres Mundiales consecutivos sin Chile y una selección obligada a reconstruirse desde sus cimientos.
Pero el diagnóstico también alcanza al Perú.
Después de Rusia 2018 se instaló una peligrosa sensación de conformismo. Se creyó que la clasificación mundialista era el inicio de una nueva era cuando, en realidad, debía ser el punto de partida para transformar todo el sistema del fútbol peruano. Esa oportunidad histórica fue desaprovechada.
Nunca apareció un verdadero plan nacional de formación. Las divisiones menores continuaron siendo la última prioridad para muchos clubes. La infraestructura siguió siendo insuficiente. La captación de talento permaneció concentrada en pocas ciudades. La profesionalización de entrenadores juveniles avanzó lentamente. Los campeonatos de menores siguieron mostrando enormes desigualdades competitivas. Mientras otros países invertían millones en ciencia deportiva, inteligencia de datos, metodologías de formación y centros de alto rendimiento, el Perú seguía creyendo que el talento aparecería por generación espontánea.
El resultado es evidente.
Hoy Paolo Guerrero continúa siendo indispensable. Pedro Gallese sigue siendo irremplazable. André Carrillo todavía aparece como una referencia ofensiva. Muchos nombres que llevaron al Perú a Rusia continúan ocupando espacios fundamentales porque la generación siguiente nunca terminó de consolidarse.
Eso no es mérito exclusivo de quienes prolongaron admirablemente sus carreras. Es el reflejo de un enorme vacío estructural.
Pero existe otra realidad igual de preocupante.
Mientras Zamorano, Ricardo Gareca y otros referentes extranjeros describen con crudeza las causas del retroceso peruano, numerosos exseleccionados nacionales mantienen un silencio llamativo. Muchos ocupan importantes espacios en televisión, radio, plataformas digitales e incluso asesoran instituciones deportivas. Sin embargo, pocas veces cuestionan con firmeza la ausencia de un proyecto deportivo nacional, el escaso desarrollo de menores, la improvisación dirigencial o la falta de una política de Estado para el fútbol.
Naturalmente, nadie está obligado a opinar. Pero el liderazgo también implica asumir responsabilidades cuando una actividad atraviesa una crisis profunda. Los grandes referentes no solo inspiran con sus goles; también contribuyen a transformar las instituciones cuando estas comienzan a deteriorarse.
La autocrítica no destruye al fútbol. Lo fortalece.
Lo verdaderamente peligroso es normalizar el fracaso. Acostumbrarse a mirar los Mundiales por televisión. Celebrar pequeños logros mientras la brecha con las grandes potencias continúa ampliándose. Convertir cada nueva Eliminatoria en una esperanza sin corregir las causas que condujeron al fracaso anterior.
Las palabras de Iván Zamorano no deberían interpretarse como una crítica externa, sino como una advertencia que el fútbol peruano necesita escuchar. El problema no comenzó con la última Eliminatoria ni terminará cambiando de entrenador. La crisis es mucho más profunda porque afecta el modelo de desarrollo del fútbol nacional.
Los Mundiales se clasifican cuatro años antes, cuando se forman futbolistas de 12, 14 o 16 años, no cuando empieza la Eliminatoria.
Reflexión final
El fútbol peruano necesita mucho más que nuevos técnicos o nuevos dirigentes. Necesita una revolución silenciosa en la formación, en la gestión y, sobre todo, en la cultura de la autocrítica. Mientras otros países tienen referentes capaces de denunciar públicamente los errores de sus propias federaciones, en el Perú todavía predomina un silencio que termina favoreciendo la continuidad de los mismos problemas.
Porque el verdadero enemigo del fútbol peruano no es únicamente la falta de recambio. También es la falta de voces con el coraje suficiente para decir, desde adentro, que el sistema dejó de construir futuro hace muchos años. Cuando los referentes callan, las crisis se prolongan. Y cuando nadie exige cambios, el fracaso deja de ser una excepción para convertirse en costumbre. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
