El Perú tiene historia, gastronomía, cultura, biodiversidad, patrimonio mundial y una marca turística capaz de competir con cualquier destino de la región. Sin embargo, tener atractivos extraordinarios no basta cuando la gestión pública se mueve con lentitud, improvisación y falta de coordinación. El turismo nacional pierde competitividad no porque al país le falten maravillas, sino porque le sobran trabas, desorden, inseguridad, infraestructura deficiente y autoridades que muchas veces no entienden que el turismo es una industria estratégica.
Las cifras muestran una recuperación todavía frágil. El Mincetur informó que en el primer trimestre de 2026 llegaron más de 823 mil turistas internacionales, un crecimiento de 3,5% frente al mismo periodo de 2025. Sin embargo, la recuperación no puede ocultar los problemas estructurales que siguen golpeando al sector. Entre enero y mayo de 2026 ingresaron 1.369.992 turistas internacionales, apenas 0,6% más que en el mismo periodo del año anterior, lo que evidencia un avance lento para un país con tanto potencial.
El caso de Machu Picchu resume el problema. Según la Cámara de Comercio, Industria y Turismo del Cusco, el interés de turistas y operadores internacionales por visitar el santuario habría caído 20% debido a la dificultad para garantizar entradas con anticipación. En un mercado global donde los viajes se planifican meses antes, no poder asegurar boletos es casi una invitación a que los operadores retiren al Perú de sus circuitos.
La falta de predictibilidad no es un detalle administrativo; es una señal de mala gestión. Mientras otros destinos de la región compiten con plataformas eficientes, conectividad, seguridad y experiencias ordenadas, el Perú sigue atrapado entre conflictos, cambios de reglas, sistemas deficientes y decisiones dispersas entre instituciones que parecen hablar idiomas distintos.
El turismo no puede depender únicamente de la belleza de sus paisajes ni de la paciencia de los visitantes. Requiere aeropuertos eficientes, carreteras seguras, servicios formales, limpieza urbana, protección del patrimonio, promoción internacional, seguridad ciudadana y una gobernanza profesional. Sin eso, incluso una maravilla mundial puede perder atractivo frente a destinos mejor administrados.
Lo más grave es que la deficiente gestión no solo afecta estadísticas. Golpea empleos, restaurantes, hoteles, artesanos, transportistas, guías y pequeñas empresas que dependen directamente del visitante.
El Perú no necesita inventar su atractivo turístico. Ya lo tiene. Lo que necesita es dejar de administrarlo como si fuera un trámite más del Estado.
Reflexión final
El turismo puede ser una de las principales palancas de desarrollo del país, pero requiere visión, coordinación y eficiencia. Si el Estado continúa improvisando, el Perú seguirá perdiendo competitividad, no ante naciones que tengan más historia o más belleza, sino frente a países que simplemente gestionan mejor. Y esa es una derrota que no se explica por falta de patrimonio, sino por exceso de incompetencia pública. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
