Se va un Congreso que deja más cansancio que respeto, más sospechas que reformas y más indignación que resultados. Para millones de peruanos, este Parlamento será recordado como uno de los más cuestionados de la historia reciente: baja aprobación, escándalos permanentes, blindajes políticos, leyes polémicas, gastos difíciles de justificar y una desconexión casi perfecta con el país real. Lo grave no es solo que se vaya con una imagen deteriorada; lo grave es que deja un Perú más inseguro, más desconfiado y más expuesto al avance de poderes ilegales.
El país no despide a este Congreso con aplausos, sino con alivio y preocupación. Alivio porque termina una etapa marcada por el descrédito. Preocupación porque el Parlamento que viene todavía es una incógnita. Y peor aún: varios rostros, intereses y viejas prácticas podrían reciclarse bajo una nueva arquitectura bicameral.
Este Congreso no solo legisló mal; muchas veces pareció legislar de espaldas al ciudadano. Mientras los hospitales seguían colapsados, la educación continuaba atrapada en brechas vergonzosas, la agricultura pedía auxilio y la seguridad ciudadana se desangraba en las calles, buena parte de la clase política parecía más concentrada en protegerse, acomodarse y negociar espacios de poder que en responder con decencia al mandato popular.
El Perú pedía soluciones. Recibió discursos. Pedía seguridad. Recibió leyes discutibles. Pedía fiscalización. Recibió blindajes. Pedía austeridad. Recibió más gastos. Pedía reformas. Recibió cálculos. Así, la representación nacional terminó convertida en una maquinaria incapaz de sintonizar con la angustia de la gente.
La ciudadanía vio crecer la extorsión, los secuestros, los asesinatos y el miedo cotidiano. Vio a bodegueros, transportistas, comerciantes, emprendedores y familias enteras vivir bajo amenaza. Vio cómo la minería ilegal avanzaba con poder económico, territorial y político. Vio cómo el narcotráfico ampliaba su sombra sobre instituciones débiles. Y frente a ese escenario, el Congreso no estuvo a la altura de la emergencia nacional.
No se trata de culpar al Parlamento de todos los males del país. Sería simplista. Pero sí corresponde señalar su responsabilidad política. Desde sus curules se aprobaron normas cuestionadas, se bloquearon reformas necesarias, se protegieron intereses particulares y se permitió que temas urgentes quedaran atrapados en la indiferencia. Para la inseguridad, siempre faltó tiempo. Para sus propios beneficios, siempre apareció velocidad.
El Congreso saliente deja además una advertencia peligrosa: una institución puede operar formalmente y fracasar moralmente. Puede sesionar, votar, publicar leyes y cumplir procedimientos, pero al mismo tiempo alejarse de la ética pública, del sentido común y de la ciudadanía. Esa es la verdadera crisis: no solo la falta de eficiencia, sino la pérdida de legitimidad.
La bicameralidad llega, entonces, en medio de una enorme desconfianza. Tendremos senadores y diputados, más estructura y nuevos reglamentos. Pero nada de eso garantiza mejor representación si los mismos vicios entran por la puerta grande. Más cámaras no significan más democracia. Más curules no significan más ética. Más asesores no significan mejores leyes. El nuevo Congreso deberá demostrar que no será una versión ampliada del desastre anterior.
Se va un Congreso que pudo ayudar a reconstruir el país, pero eligió demasiadas veces mirarse a sí mismo. Deja una herencia incómoda: instituciones debilitadas, ciudadanía indignada, reformas pendientes y una política con credibilidad por los suelos.
El Congreso que viene tendrá una prueba inmediata: demostrar que no llega para reciclar errores, proteger intereses ni repetir la misma coreografía de siempre. Si vuelve a fallar, la bicameralidad será apenas un cambio de envase para la misma crisis.
Reflexión final
El Perú no necesita un Congreso que se sirva del país, sino uno que lo defienda. No necesita parlamentarios que confundan representación con privilegio ni política con supervivencia personal. Necesita leyes útiles, fiscalización real, ética pública y valentía frente al crimen, la corrupción y el abandono.
Si los viejos vicios llegan intactos al nuevo Parlamento, el país no habrá ganado una reforma: habrá financiado el mismo problema con dos pisos. Y esta vez, la ciudadanía tendrá menos paciencia y mucha más memoria. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
