El nuevo Congreso bicameral apenas comienza y Fuerza Popular ya encuentra una causa urgente que defender: conservar el trabajo virtual. Miguel Torres, presidente del Senado, sostiene que la tecnología permite mayor eficiencia y que a un parlamentario debe juzgársele por sus resultados, no por ocupar físicamente una curul.
Magnífica teoría. El inconveniente es que el Congreso no fue creado para funcionar como una oficina de teletrabajo ni los ciudadanos eligieron representantes para contemplarlos dentro de diminutos cuadrados en una pantalla. El Parlamento existe para debatir, confrontar argumentos, fiscalizar al Ejecutivo y responder públicamente por cada voto.
La diputada Indira Huilca propone que la presencialidad vuelva a ser la regla y que la conexión remota quede limitada a enfermedad o viajes autorizados. Es decir, exactamente lo que ocurre en casi cualquier trabajo serio: se asiste y, si existe una razón justificada, se habilita una excepción.
Sin embargo, en el Parlamento peruano, hasta presentarse a trabajar, amenaza con convertirse en controversia constitucional.
La virtualidad tuvo pleno sentido durante la pandemia. Convertir aquella emergencia en derecho adquirido de la clase política es otra historia. Millones de ciudadanos madrugan, soportan tráfico, cumplen horarios y deben justificar una ausencia. Sería complicado explicarles que quienes reciben remuneración del Estado para representarlos consideran excesivo desplazarse hasta el lugar donde fueron elegidos para legislar.
Además, la actividad parlamentaria no consiste únicamente en votar. Un congresista debe escuchar al adversario, intervenir, responder preguntas, conversar con la prensa y asumir políticamente sus decisiones. Desde la virtualidad aparecen demasiadas posibilidades conocidas: cámaras apagadas, conexiones intermitentes, intervenciones fugaces y votos emitidos mientras nadie sabe exactamente dónde está el representante.
Hasta dentro del propio Fuerza Popular existen voces favorables al retorno presencial. Alejandro Aguinaga ha señalado que el encuentro cara a cara mejora el debate político. Por tanto, ni siquiera estamos ante una posición inevitable del oficialismo, sino ante una defensa particularmente cómoda de la modalidad remota.
La tecnología debe complementar la democracia, no proporcionar coartadas para ausentarse de ella.
El Congreso debe funcionar presencialmente y reservar la virtualidad para circunstancias excepcionales, comprobables y reglamentadas. Si quieren flexibilidad, que exista; pero acompañada de transparencia, control y sanciones.
Reflexión final
El Parlamento arrastra una enorme deuda de credibilidad y la respuesta no puede ser hacerlo todavía más distante. Los ciudadanos ya sienten a sus congresistas lejos de sus problemas; permitirles además gobernar desde lejos sería llevar la metáfora demasiado lejos. El Perú necesita representantes presentes, no parlamentarios en modo remoto. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
