La Organización Meteorológica Mundial advierte que El Niño continuará intensificándose y alcanzará una categoría fuerte entre agosto y octubre de 2026. El calentamiento del Pacífico alterará las temperaturas y las lluvias en distintas regiones del planeta, mientras aumentan los riesgos de inundaciones, sequías, incendios, enfermedades y daños productivos. La amenaza está identificada; lo verdaderamente incierto es si el Estado peruano volverá a esperar la emergencia para recién descubrir que debía prevenirla.
La OMM proyecta temperaturas superiores a lo normal en amplias zonas del mundo y cambios importantes en los patrones de precipitaciones. NOAA, además, estima una probabilidad del 97 % de que El Niño persista hasta los primeros meses de 2027. No estamos ante un rumor meteorológico ni frente a una predicción aislada: los principales organismos climáticos internacionales coinciden en que el fenómeno seguirá fortaleciéndose.
En el Perú, sin embargo, las alertas suelen tener un recorrido tragicómico: salen del organismo técnico, ingresan a una oficina pública, atraviesan una comisión, descansan en un expediente y reaparecen cuando el río ya se desbordó. Después llegan las declaratorias de emergencia, las visitas con chaleco, las fotografías sobre el barro y las promesas de reconstrucción.
El Niño no crea la precariedad, pero la desnuda. Las lluvias encuentran quebradas ocupadas, drenajes obstruidos, riberas sin protección, hospitales debilitados y obras de prevención inconclusas. El calor favorece la propagación de enfermedades como el dengue; el calentamiento del mar afecta al fitoplancton, la anchoveta, las aves guaneras y numerosas actividades económicas. Lo que debería ser un desafío climático termina convertido en una auditoría brutal de la incapacidad estatal.
Las autoridades conocen las zonas vulnerables. Saben dónde pueden ocurrir huaicos, inundaciones y desbordes. También conocen las carencias de los centros de salud y las deficiencias del saneamiento. Por eso, cualquier desastre previsible ya no podrá presentarse honestamente como una sorpresa de la naturaleza.
El país necesita limpiar cauces, reforzar defensas ribereñas, culminar obras, abastecer hospitales, vigilar enfermedades y coordinar con municipios y gobiernos regionales. No cuando comiencen las lluvias, sino ahora.
Reflexión final
El Niño podrá ser un fenómeno natural, pero las tragedias multiplicadas por abandono, demora e improvisación son decisiones políticas. Cuando el agua arrase nuevamente viviendas y carreteras, nadie debería culpar únicamente al clima: la alerta llegó con meses de anticipación. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
