El fútbol peruano se ha acostumbrado peligrosamente a vivir de una riqueza que no produce, no administra y, muchas veces, ni siquiera merece: la pasión de su hincha. Mientras los torneos acumulan problemas, la infraestructura envejece, la gobernanza pierde credibilidad y los resultados internacionales exponen nuestras limitaciones, hay un personaje que sigue cumpliendo sin excusas: el aficionado.
El dirigente falla, el club improvisa, el árbitro se equivoca, la organización tropieza y la selección decepciona. El hincha, en cambio, vuelve.
Y quizá allí radique una de las mayores tragedias del fútbol peruano: haber confundido fidelidad con permiso para seguir haciendo las cosas mal.
Liga 1, Liga 2, Liga 3 y Copa Perú arrastran problemas que ya no pueden presentarse como simples accidentes administrativos. Estadios deficientes, clubes financieramente vulnerables, expedientes de licencias, quita de puntos, calendarios cuestionados, arbitrajes bajo permanente sospecha, denuncias relacionadas con apuestas y posibles amaños, además de una estructura dirigencial que no termina de reconstruir confianza.
El resultado es un fútbol que parece discutir más en oficinas y escritorios que dentro de la cancha.
Y, pese a todo, las tribunas siguen teniendo gente.
El hincha compra entradas para ver un producto que muchas veces ofrece poco espectáculo y demasiada controversia. Viaja para acompañar a una selección que se encuentra relegada entre las menos competitivas de Sudamérica. Se levanta después de cada eliminación, desempolva la camiseta y vuelve a creer ante la siguiente convocatoria.
Es una generosidad extraordinaria. También puede convertirse en una peligrosa comodidad para quienes administran el fútbol. Porque mientras haya entradas vendidas, camisetas, derechos de televisión, publicidad y estadios con público, siempre existirá la tentación de pensar que el sistema todavía funciona.
No funciona. Sobrevive gracias al hincha.
Desde La Caja Negra debemos advertirlo: el mayor peligro ya no es solamente perder partidos. Es perder al público. La desconexión emocional puede empezar silenciosamente: menos asistencia, menos interés, menos consumo, niños que conocen mejor las plantillas europeas que las peruanas y jóvenes que encuentran más razones para mirar fútbol extranjero que para identificarse con el campeonato nacional.
El fútbol peruano puede soportar una mala generación, un campeonato mediocre o una eliminación mundialista. Puede incluso sobrevivir durante años a una dirigencia incapaz de construir reformas profundas.
Lo que no puede sobrevivir es al abandono de sus hinchas. Porque el aficionado no es un cajero automático emocional al que se le puede exigir pasión infinita mientras se le devuelve improvisación, derrotas y desorden.
Reflexión final
Todavía hay gente que canta bajo la lluvia, familias que cruzan Lima para llegar a un estadio y niños que reciben una camiseta peruana como si fuera un tesoro. Ese amor es quizá lo último verdaderamente grande que conserva nuestro fútbol.
Pero cuidado con seguir abusando de él. La última derrota del fútbol peruano no llegará con un gol en contra. Llegará cuando el hincha deje de indignarse porque ya no le importe.
Y cuando las tribunas comiencen a vaciarse, no habrá comunicado, dirigente, entrenador ni campaña publicitaria capaz de devolver fácilmente lo perdido.
Porque un fútbol sin títulos puede reconstruirse. Un fútbol sin hinchas, simplemente, deja de existir. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
