El Perú ha conseguido un avance que no debe minimizarse: en 2002 murieron 142 niños y adolescentes por causas relacionadas con el VIH; en 2024 fueron 40. La terapia antirretroviral, los tratamientos modernos y la detección oportuna cambiaron el destino de cientos de menores que antes vivían bajo una sentencia casi inevitable. Pero celebrar la reducción de muertes sin mirar lo que viene después sería demasiado cómodo. Hoy el reto ya no es solo sobrevivir: es garantizar que 1.244 menores puedan crecer sin que el desabastecimiento, la distancia, la pobreza o el estigma decidan por ellos.
Hasta julio de 2026, 532 menores tienen entre 0 y 11 años y 712 son adolescentes. Todos reciben tratamiento y el 72 % mantiene la infección en niveles indetectables. La medicina avanzó. El problema es que el sistema público todavía tropieza con fallas que deberían resultar inadmisibles.
Este año ya se registraron denuncias por problemas de suministro de antirretrovirales. En Junín, una madre recibió tabletas para adultos porque no había jarabe infantil y debía triturarlas, preparar una mezcla y conservarla refrigerada. No tenía cómo hacerlo. Cuando una familia tiene que improvisar una solución farmacológica porque el Estado no garantiza la presentación adecuada, la falla deja de ser logística y se convierte en abandono.
La geografía también sigue castigando. Más de la mitad de los 116 establecimientos que atienden a menores con VIH se concentra en hospitales e institutos urbanos. En la Amazonía, la distancia, la falta de especialistas, el idioma y las barreras culturales convierten el tratamiento en una carrera de obstáculos.
Y después aparece el estigma, esa enfermedad social que ningún antirretroviral cura. Niños rechazados en colegios, compañeros que se alejan por miedo y familias que esconden diagnósticos como si fueran una vergüenza. La ciencia llegó al siglo XXI; parte de la sociedad todavía parece instalada en los prejuicios de los años noventa.
El desafío nacional no es únicamente mantener vivos a estos menores. Es asegurar medicamentos sin interrupciones, atención descentralizada, acompañamiento psicológico, educación sexual, transición adecuada hacia la adultez y protección real frente a la discriminación.
Reflexión final
La medicina consiguió regalarles tiempo. El Estado y la sociedad tienen la obligación de no desperdiciarlo. Porque salvar una vida y después condenarla a recorrer cientos de kilómetros, soportar desabastecimientos o enfrentar rechazo no es una política pública exitosa. Es apenas una victoria médica incompleta. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
