El Perú presume, con razón, de una historia milenaria. Exhibimos Machu Picchu, Caral, Chan Chan, las huacas de Moche y decenas de complejos arqueológicos como símbolos de identidad nacional. Pero cuando toca proteger ese patrimonio frente a una amenaza anunciada como El Niño, la grandilocuencia oficial se encoge hasta convertirse en presupuesto insuficiente, vigilancia precaria y reacción tardía.
Más de 8.000 sitios arqueológicos están expuestos a lluvias intensas, inundaciones y activación de quebradas. Y, según la advertencia recogida de especialistas de la PUCP, el Ministerio de Cultura no tendría capacidad operativa ni recursos suficientes para proteger más del 70% del patrimonio arqueológico nacional.
La historia peruana es invaluable. Al parecer, hasta que hay que financiar su defensa.
La costa norte concentra el mayor riesgo. Allí, estructuras de adobe y barro —materiales esenciales de culturas como Moche, Lambayeque y Chimú— pueden sufrir erosión, empozamientos y colapsos si las precipitaciones aumentan con fuerza.
Los extensos complejos suelen tener algún nivel de intervención. Sin embargo, miles de sitios menos conocidos permanecen expuestos, sin protección física adecuada y sin monitoreo constante. Es decir, el patrimonio con menos cámaras, menos turismo y menos visibilidad también recibe menos urgencia.
Y cuando desaparezca, llegará la solemnidad: autoridades lamentando la pérdida, comisiones de emergencia y promesas de reconstrucción. El pequeño detalle es que la autenticidad arqueológica no se reconstruye.
La PUCP ha planteado utilizar mapas de riesgo y sistemas de información geográfica para identificar qué monumentos requieren atención prioritaria. La metodología aprovecha información pública y podría ser aplicada por gobiernos regionales y municipalidades sin necesidad de convertir cada diagnóstico en una costosa consultoría.
Hasta la herramienta existe. Entonces, ¿qué falta? Lo de siempre: coordinación, presupuesto, decisión política y dejar de creer que prevenir consiste en reunirse antes de la lluvia para explicar qué podría ocurrir después.
A ello se suma otro peligro. Las inundaciones pueden desplazar familias hacia zonas intangibles y la expansión agrícola puede avanzar sobre terrenos arqueológicos vulnerables. El patrimonio queda atrapado entre la naturaleza y una ocupación territorial que el Estado tampoco controla adecuadamente.
No es razonable pretender proteger simultáneamente los 8.000 sitios. Sí es obligatorio establecer prioridades, intervenir puntos críticos y coordinar Cultura, regiones y municipios antes de que comiencen las precipitaciones severas.
Reflexión final
El Niño podrá llevarse muros de adobe en cuestión de horas. Pero si eso ocurre después de meses de advertencias, la responsabilidad no será exclusivamente climática. La lluvia destruye; la negligencia permite que destruya. Y si el Perú pierde parte de su historia por no haber actuado a tiempo, después no habrá presupuesto, discurso patriótico ni fotografía oficial capaz de devolverla. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
