El Perú posee vacunas para impedir que enfermedades graves vuelvan a golpear a la infancia, pero no consigue aplicarlas a tiempo. Al 9 de septiembre de 2026, varias inmunizaciones infantiles permanecían por debajo del 65% de su meta anual y algunos refuerzos ni siquiera alcanzaban el 50%. La segunda dosis contra el sarampión, paperas y rubéola registraba apenas 45,1%: 199.211 aplicaciones frente a 442.061 niños programados. No es solamente una brecha sanitaria: es la evidencia de un Estado que conoce el peligro, dispone de herramientas y aun así llega tarde.
El segundo refuerzo contra la poliomielitis alcanzaba 37,5%; hepatitis A, 39,2%; y fiebre amarilla, 38,3%. A los cuatro años, menos de la mitad de la población objetivo figuraba protegida con los segundos refuerzos contra la polio y contra difteria, tos ferina y tétanos. Cada porcentaje faltante representa niños que continúan expuestos a enfermedades prevenibles.
Es cierto que las cifras corresponden a septiembre y no al cierre del año. Pero convertir esa precisión en consuelo sería una forma elegante de evadir responsabilidades. Una vacuna atrasada no protege retroactivamente. El virus no consulta el cronograma presupuestal, no espera la próxima campaña y tampoco se conmueve ante las conferencias de prensa.
La desigualdad agrava el abandono. Para la segunda dosis contra sarampión, paperas y rubéola, Ucayali registraba 34,7%; Loreto, 36%; y Madre de Dios, 37,4%. Lima Metropolitana tampoco superaba el promedio nacional. El código postal vuelve a decidir quién recibe protección oportuna y quién queda confiado a la suerte.
El Esquema Nacional de Inmunizaciones contempla 23 vacunas y un anticuerpo monoclonal contra 28 enfermedades prevenibles. Sobre el papel, es una fortaleza. En la práctica, un calendario amplio con coberturas insuficientes puede terminar convertido en inventario de buenas intenciones.
La responsabilidad no pertenece únicamente al Minsa. Los gobiernos regionales deben garantizar personal, cadena de frío, seguimiento y brigadas; los municipios y colegios tienen que facilitar el acceso; y las familias deben completar el esquema. Sin embargo, corresponde al Estado liderar, informar y buscar activamente a quienes faltan, no esperar cómodamente detrás de una ventanilla.
Se necesitan padrones nominales actualizados, vacunación domiciliaria, horarios ampliados, brigadas escolares y una campaña permanente contra la desinformación. También responsables identificables y resultados públicos por región.
Reflexión final
Cuando reaparece una enfermedad prevenible, no regresa sola: la acompañan la negligencia, la indiferencia y la falsa tranquilidad. Las vacunas guardadas conservan su fecha de vencimiento; la responsabilidad política también debería tenerla. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
