Petro y Boluarte protagonistas de la telenovela “Santa Rosa”

Cuando los escándalos los acorralan, inventan conflictos. Cuando los pueblos claman justicia, les ofrecen discursos. Y cuando no hay gobierno, se recurre a la bandera. Así funciona hoy la política latinoamericana de alta factura: puro humo, mucho teatro y cero gestión. El reciente impasse diplomático entre Colombia y Perú por la isla Santa Rosa no es más que un capítulo triste y predecible de una telenovela regional protagonizada por dos mandatarios hundidos en el desprestigio: Gustavo Petro y Dina Boluarte.

Ambos necesitaban con urgencia un enemigo externo que desvíe la atención de sus miserias internas. Y lo encontraron. El uno señala con el dedo, la otra iza la bandera. Pero mientras se pelean por la isla, la verdad permanece intacta: Santa Rosa es del Perú… pero ha sido históricamente tratada como si no lo fuera.

Gustavo Petro, con una popularidad en caída libre y una olla de escándalos a punto de hervir, decidió desempolvar el nacionalismo y convertir a Perú en su antagonista. Acusó que la creación del distrito de Santa Rosa en la isla Chinería viola el Protocolo de Río de Janeiro y amenaza con hacer desaparecer a Leticia como puerto. Todo esto justo cuando los chats de su hijo, Nicolás Petro, y su exesposa sacuden a su gobierno con sospechas de corrupción, financistas turbios y fiestas impresentables. Una sincronía que ni Netflix lograría tan perfecta.

Y justo ahí, aparece Dina Boluarte. Siempre lista para subirse a la escena —aunque no haya libreto ni aplausos—, saca pecho y manda soldados a Santa Rosa. Se emite un comunicado de Cancillería, se reafirma la soberanía, se defiende el honor nacional… Y se tapa convenientemente que el país está secuestrado por bandas criminales, la minería ilegal y un desgobierno sin norte.

Porque esa es la verdad que se esconde detrás del show diplomático: que mientras se alzan las banderas, el Perú se hunde en su propia descomposición. Las ambulancias no llegan, los hospitales no tienen medicinas, los niños están desnutridos y las escuelas —si es que no se caen— carecen de maestros capacitados.

Santa Rosa, esa isla que ahora sirve para el espectáculo, es la misma que durante años ha sido invisible para el Estado. No tiene infraestructura básica, ni inversión pública sostenida, ni presencia real del gobierno. Solo aparece en los mapas cuando un presidente necesita levantar polvo.

¿Y qué decir del Congreso? Mientras los ejecutivos se inventan guerras simbólicas, los legisladores reparten comisiones como si fueran botines. Todo para sobrevivir. Nadie gobierna. Solo se atrincheran, blindan y cruzan los dedos para que llegue rápido el 2026.

Sí, Santa Rosa es peruana. Lo dicen los tratados, la historia, y sobre todo, su gente. Pero también es el espejo de todas las Santa Rosas que existen en el Perú: abandonadas, marginadas, invisibles. Lugares que solo importan cuando pueden ser utilizados como argumento político. El resto del año, son tierra de nadie.

Ni Petro ni Boluarte están realmente interesados en los ciudadanos de esa isla. No les importa su salud, su educación, su seguridad. Les importa la narrativa. La batalla por la soberanía es real, pero es solo una parte del problema. Porque la verdadera violación no es al tratado de límites, sino al derecho de los peruanos a vivir con dignidad.

Reflexión final
La soberanía no se defiende con comunicados. Se defiende construyendo hospitales, enviando maestros, garantizando derechos. Santa Rosa es Perú, pero no basta con izar la bandera. Hay que izar también la justicia, la presencia, la inversión.

Mientras el país siga gobernado por la improvisación, y los líderes por su instinto de supervivencia, seguiremos atrapados en esta tragicomedia de humo, banderas y olvido. La novela apenas comienza, y ya sabemos quiénes son los únicos que siempre pierden: los ciudadanos.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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