En el Perú, cuando se trata de deporte, la brújula política siempre apunta hacia donde hay cámaras, titulares y cintas para cortar. Por eso, no sorprende que el proyecto estrella del gobierno sea ampliar el Estadio Nacional de 45.000 a 50.000 asientos. Sí, el mismo estadio que sirve más para conciertos y eventos religiosos que para el fútbol ya que para otros deportes no sirve. Mientras en el interior del país más de 380 escenarios deportivos —no solo de fútbol, sino de atletismo, vóley, natación, lucha, ciclismo y otras disciplinas— se encuentran en estado de ruina y abandono, la presidenta Dina Boluarte, el ministro de Educación Morgan Quero y el jefe del IPD Federico Tong deciden que la prioridad nacional es cambiar el césped y ponerle más butacas a un estadio que ni siquiera siempre está disponible para la selección.
Lo llaman “la mayor remodelación en la historia del coloso limeño”. En realidad, es la mayor demostración de miopía política y deportiva en años. Conmebol e IPD prometen césped de estándar internacional, iluminación de última generación y tecnología de punta. Todo muy bonito… siempre que uno viva en Lima y solo practique fútbol. Porque para el resto del país, donde entrenar significa esquivar huecos en la pista, compartir cancha con perros callejeros o competir en escenarios sin baños ni camerinos, esta remodelación es tan útil como ponerle cortinas nuevas a una casa que se está cayendo.
Y aquí está el punto: más de 380 escenarios deportivos abandonados son la radiografía perfecta del fracaso de nuestras políticas públicas en deporte. No hay un plan integral para rescatar, modernizar y distribuir equitativamente la infraestructura. No hay visión de un ecosistema deportivo nacional. Lo que sí hay es cálculo político: la reinauguración del Estadio Nacional dará fotos, titulares y minutos de transmisión en vivo. Es marketing con presupuesto público.
Mientras tanto, en las Regiones no hay Centros de Alto Rendimientos. En los 25 Regiones, los coliseos para vóley, básquetbol y futsal son hornos improvisados sin ventilación. En Cusco, Arequipa o Puno, el mantenimiento de los escenarios deportivos se deja a la buena voluntad de autoridades locales sin presupuesto. Pero para Lima, el lujo de un nuevo césped es prioridad nacional. Entonces como promover el desarrollo integral y descentralizado de más de 64 federaciones deportivas nacionales?.
Y la pregunta incómoda sigue sobre la mesa: si la Conmebol nada en millones de dólares gracias a las competiciones que organiza, ¿por qué no asume el costo total de esta remodelación? ¿Por qué el Estado peruano, que debería invertir en el deporte desde Tumbes hasta Tacna, se presta para financiar un proyecto que favorece sobre todo al espectáculo internacional y no a la base de nuestro deporte?
Esto no es gestión deportiva, es centralismo disfrazado de modernización. Es apostar por el arbusto más visible mientras el bosque entero se seca. Es darle prioridad a la foto sobre la planificación, a la butaca nueva sobre el acceso masivo al deporte, al evento mediático sobre el desarrollo sostenible de atletas en todo el territorio nacional.
Reflexión final
Las autoridades deben dejar de pensar como promotores de eventos musicales y empezar a actuar como verdaderos arquitectos de un sistema deportivo nacional. Si Dina Boluarte, Morgan Quero y Federico Tong quieren pasar a la historia, que lo hagan por haber recuperado esos más de 380 escenarios olvidados, por haber democratizado el acceso a instalaciones dignas y por haber dado a cada niño y joven, desde el Callao hasta Madre de Dios, la oportunidad real de competir y soñar. Porque mientras sigamos invirtiendo solo en lo que se ve desde la tribuna de honor del Estadio Nacional, el deporte peruano seguirá siendo un espectáculo pobre, jugado en escenarios en ruinas y aplaudido solo por quienes salen en la foto.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
