Machu Picchu, una joya mundial en crisis debido al desgobierno

El Perú ostenta una de las siete maravillas del mundo moderno y, sin embargo, la trata como si fuera un problema en lugar de un privilegio. Machu Picchu, el símbolo que debería ser motor de desarrollo, se ha convertido en cuello de botella para el turismo nacional. Y la culpa no es de las montañas ni de los incas, sino de un Estado que lleva décadas sin plan y de un gobierno —el de Dina Boluarte— que, sin estrategia de turismo ni de cultura, parece dispuesto a dejarla colapsar. La maravilla mundial se pudre en las manos de una gestión incapaz, indiferente y pasiva.

Las cifras de turismo 2025 son un fracaso maquillado con comunicados. Se proyectó recibir 4 millones de extranjeros y apenas rozaremos los 3.5 millones, lejos de los 4.4 millones de 2019. Cinco años después de la pandemia seguimos con un déficit de casi un millón de turistas. En cualquier país serio, esto sería una alarma; en el Perú, es un pie de página.

El gran bache es Machu Picchu. Sí, increíblemente, nuestro mayor atractivo es hoy la traba más grande. El modelo de gestión es el mismo de hace 50 años: entradas limitadas, colas interminables, buses precarios y parches populistas como las mil entradas para venta directa que terminan beneficiando a revendedores más que a turistas. Resultado: experiencia degradada, visitantes frustrados, operadores que empiezan a sacar al santuario de sus catálogos. Machu Picchu, la joya, empieza a ser visto como un dolor de cabeza.

El impacto va más allá del Cusco. Cuando un turista descarta Machu Picchu, descarta todo el circuito sur: Puno, Arequipa, Ica, Madre de Dios. Es como vender King Kong sin el mono. La caída arrastra al 85 % del turismo receptivo del país. Y la economía lo siente: recuperar los 900,000 turistas perdidos desde 2019 significaría US$90 millones por cada día de estadía. Pero, claro, ¿qué son millones de dólares y miles de empleos frente a la inacción y la pelea política por cuotas de poder?

El sarcasmo es inevitable: el plan de rescate existe, fue diseñado y aprobado hace más de 10 años. Centro de Interpretación, accesos mecanizados, nuevos caminos incas, ampliación del área visitable, ingreso amazónico. Todo escrito, todo estudiado, todo listo… y todo guardado en un cajón. En lugar de aplicarlo, preferimos seguir discutiendo si las entradas se venden en boletería o por internet. Machu Picchu, rehén de la mediocridad, es el reflejo de un país que desperdicia sus tesoros por falta de visión.

Machu Picchu no se cae por culpa del tiempo, sino por culpa de los gobiernos. El de Dina Boluarte pasará a la historia no solo por la ausencia de plan de gobierno, sino también por permitir que la maravilla mundial se convierta en una ruina administrativa. El turismo no es un lujo: es motor económico, es empleo, es desarrollo. Cada turista perdido es un empleo menos, una familia menos que sale de la pobreza, un dólar menos en la caja del Estado.

Reflexión final
El Perú encontró la manera más absurda de fracasar: tener una maravilla mundial y administrarla como si fuera una feria distrital. Machu Picchu debería ser nuestro orgullo, pero se ha vuelto símbolo de estancamiento. Y mientras tanto, el Gobierno y sus ministros siguen en piloto automático, como si la maravilla pudiera esperar. El problema no es Machu Picchu, el problema es el país que, teniendo un tesoro, lo trata como lastre.

Por Edwin Gamboa, fundador de La Caja Negra

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