El deporte, ese último refugio donde la humanidad fingía olvidarse de la política, acaba de ser invadido por un viejo conocido: Donald Trump. Desde la Casa Blanca, el magnate devenido en presidente amenaza con cambiar las sedes del Mundial 2026 y los Juegos Olímpicos 2028, no por razones logísticas ni de seguridad, sino por puro cálculo político. Los estados gobernados por la oposición podrían quedarse sin eventos multimillonarios, porque en el tablero de Trump no hay estadios, hay territorios conquistables.
La advertencia fue tan directa como peligrosa. “Si alguno hace un mal trabajo y pienso que podría haber un problema de seguridad, llamaré y diré: cambiemos de estadio, y él lo hará fácilmente”, dijo Trump, en tono de empresario que mueve piezas a su antojo. Lo inquietante no es la frase, sino la certeza de que lo dice en serio. Porque detrás de esa “falsa preocupación por la seguridad” hay un mensaje político: el deporte se convertirá en herramienta de castigo.
La amenaza alcanza a Boston, San Francisco, Seattle y Los Ángeles, sedes confirmadas del Mundial y de los Juegos Olímpicos, que casualmente son bastiones demócratas. Y si alguien aún cree que esto es solo retórica, basta recordar cómo el expresidente ya usó su poder para presionar ligas deportivas, boicotear deportistas que protestaban y moldear la opinión pública desde un púlpito mediático que confunde rating con razón.
El problema trasciende a Estados Unidos. Si el país que presume de ser la cuna de la democracia usa el deporte como arma partidaria, ¿qué queda para el resto? La política mundial del balón corre el riesgo de volverse un juego de egos presidenciales. Infantino, siempre dispuesto a la foto del poder, sonríe junto a Trump, mientras ambos entienden que un balón televisado puede mover más votos que cualquier debate político.
El impacto económico de una medida así sería brutal. Cambiar sedes no es solo mover un mapa: es arrasar con inversiones de miles de millones en infraestructura, turismo y empleo. Las ciudades anfitrionas llevan años preparando hoteles, estadios y sistemas de transporte. Una decisión presidencial podría hacer que todo eso se esfume con un tuit. Y mientras el mundo intenta recuperar la fe en el deporte limpio, la sombra del populismo amenaza con convertirlo en otro negocio del miedo.
Trump ha entendido algo que los demás apenas sospechan: el fútbol y los Juegos Olímpicos no son solo eventos deportivos, sino espectáculos de poder global. En su lógica, cambiar una sede es como firmar un decreto o despedir a un funcionario: una demostración de autoridad. La FIFA y el COI, en su silencio habitual, parecen aceptar que el poder político ya tiene butaca en el palco de honor.
Reflexión final
Cuando los estadios se convierten en trincheras ideológicas y los trofeos en trofeos electorales, el deporte pierde su alma. El balón ya no rueda por pasión, sino por conveniencia. Y mientras Trump amenaza con mover el Mundial y los Juegos Olímpicos como si fueran sus casinos personales, el mensaje es claro: el juego ha cambiado. El problema no es que el presidente quiera mover las sedes, sino que el mundo lo permita sin sacar tarjeta roja.
