Polémica en Brasil por la venta del mítico estadio Maracaná

Río de Janeiro pone en vitrina al Maracaná por 320 millones de euros para tapar un agujero fiscal que bordea los 1.890 millones y vence en 2026. El templo que albergó el “Maracanazo”, la final de 2014 y los Juegos Olímpicos se subasta con el argumento de que mantenerlo cuesta “una fortuna”: 160.000 euros por partido. El fútbol como contabilidad: vender historia para pagar intereses.

El expediente es prolijo en números y corto en coherencia. Primero, la Asamblea Legislativa discute un plan para vender 48 inmuebles; luego aparece, por enmienda, el coloso de 78.838 asientos. No es una cancha más: es un bien con concesión vigente hasta 2044 para Flamengo y Fluminense. Cualquier privado que compre deberá respetar ese contrato. Traducido: adquiere ladrillos y pasillos, no el control del calendario deportivo ni del flujo completo de caja. ¿Precio anclado a un activo limitado? Riesgo de que la “solución” financiera se convierta en litigio.

El argumento del costo operativo exige una respuesta menos apresurada que el cartel de “se vende”. 160.000 euros por partido suenan a exceso cuando faltan preguntas básicas: ¿qué parte de ese monto es mantenimiento correctivo por obsolescencia y qué parte es ineficiencia crónica? ¿Qué ingresos no deportivos se han activado (conciertos, ferias, hospitalidad, naming)? ¿Cuánto pierde el estadio por rigideces regulatorias o por gestión fragmentada entre Estado, concesionarios y clubes? Privatizar para equilibrar la hoja de Excel sin reestructurar la gobernanza es apenas cambiar de dueño al problema.

La política pública se prueba en tres frentes. Primero, transparencia: tasación independiente, flujo de caja proyectado, pasivos contingentes y evaluación de impacto urbano. Segundo, competencia: si el activo sale al mercado, que salga con condiciones de servicio, metas de inversión y multas por incumplimiento, no como cheque en blanco. Tercero, comunidad: el estadio no es un tótem turístico; es empleo, barrio, movilidad, uso del espacio público. Vender sin plan de ciudad es invitar a la gentrificación del símbolo.

Que Eike Batista ya fracasara hace una década no es anécdota; es advertencia. El Maracaná no admite atajos de salón ni romanticismos de museo: requiere un modelo híbrido que profesionalice su gestión, diversifique ingresos y garantice accesibilidad popular. Si la caja manda, que mande con regla y no con ansiedad.

Vender patrimonio para pagar deuda puede ser contablemente impecable y políticamente miope. El Maracaná necesita menos urgencia fiscal y más ingeniería institucional: contratos claros, métricas de desempeño, plan de usos y control ciudadano.

Reflexión
Un estadio cuenta quiénes fuimos y quiénes queremos ser. Si el balance solo cierra rematando memoria, el déficit no es financiero: es de proyecto de país.

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