Lo de Ayacucho no es un simple “tropiezo logístico”: es un síntoma grave. Sin ceremonia de inauguración, con sedes inconclusas y apenas seis deportes, los Juegos Bolivarianos 2025 exponen un patrón que se repite en el Perú: se aceptan megaeventos por cálculo político, se promete “legado” y, al final, quedan deudas, obras a medio hacer y una sensación amarga de oportunidad desperdiciada. Lo que hoy ocurre en Ayacucho es un llamado de atención directo a Lima 2027, que parece avanzar hacia el mismo guion.
El Estadio de las Américas, que debía ser símbolo de modernidad, apenas llega al 22% de avance. El “Cuna de la Libertad” es otro esqueleto. Resultado: buena parte de las competencias se concentran en Lima y Ayacucho queda relegada a un papel secundario, pese a haber sido vendida como protagonista. El IPD y las autoridades regionales corren contra el reloj, no para garantizar la calidad del evento, sino para mitigar el escándalo. Todo “sobre la marcha”, como si organizar unos Juegos fuera un trámite más y no un compromiso de país.
Pero el problema no empezó en 2025. El antecedente inmediato ya era preocupante: los anteriores Bolivarianos fueron un fracaso organizativo y, aun así, se volvió a insistir sin corregir fallas estructurales. Eso no es solo mala suerte: es negligencia. Y se suma a un legado envenenado de Lima 2019, cuyas infraestructuras se han convertido en elefantes blancos: costosas de mantener, subutilizadas, sin un plan serio para formar talento, y cada vez más disponibles para conciertos, eventos de influencers y actividades ajenas al deporte.
El discurso oficial repite la palabra “legado”, pero la realidad muestra otra cosa: instalaciones que no integran a los barrios, programas de masificación débiles y atletas que siguen entrenando con presupuestos mínimos. Detrás de cada ceremonia hay una pregunta incómoda: ¿para quién se organizan estos Juegos?, ¿para el desarrollo deportivo o para la foto política?
Los Bolivarianos 2025 debieron consolidar a Ayacucho como polo deportivo; hoy la muestran como ejemplo de cómo no hacer las cosas. Si Lima 2027 repite la fórmula —decisiones apresuradas, cronogramas irreales, ausencia de planificación postevento— el país sumará otro megaevento brillante en televisión y vacío en impacto real.
Reflexión final
El deporte no necesita más maquetas ni más discursos; necesita gestión seria, continuidad y respeto por atletas y ciudadanos. Ayacucho ya pagó el costo de la improvisación. Lima 2027 aún está a tiempo de elegir: seguir el camino del espectáculo efímero o construir, de verdad, un legado que no se apague cuando se apague la antorcha.
