La clasificación de Curazao al Mundial 2026 —un país de apenas 150 000 habitantes— ha sido presentada como una “fiesta democrática del fútbol” bajo la narrativa que impulsa Gianni Infantino. Sin embargo, el discurso pierde consistencia cuando se observa el trasfondo de la ampliación a 48 selecciones: más partidos, más votos, más ingresos y menos equilibrio competitivo. El espíritu del fútbol, ese que se sostiene en la meritocracia deportiva, parece desdibujarse ante una estructura que privilegia la cantidad por encima de la calidad.
La hazaña de Curazao es innegable y merece reconocimiento. Con un plantel modesto, un ranking FIFA que los ubica en el puesto 82 y un valor de plantilla de apenas 23,6 millones de dólares, el equipo dirigido por Dick Advocaat logró quedar primero en su grupo en Concacaf, superando a Jamaica, Haití, Trinidad y Tobago y otros rivales tradicionales de la región. Su clasificación ya forma parte de la historia de los mundiales.
Pero el problema no es Curazao: es el sistema que la FIFA ha construido alrededor de esta expansión. Infantino ha vendido esta decisión como un avance inclusivo, pero los incentivos que la sostienen revelan otra intención. El nuevo formato garantiza más selecciones pequeñas, más partidos, más ingresos publicitarios y más apoyos dentro del Congreso de la FIFA. Cada voto cuenta, y cada nuevo clasificado fortalece la red de poder del presidente del organismo.
Mientras tanto, la competitividad se diluye. ¿Qué ocurrirá cuando Curazao enfrente a Argentina, Brasil, Francia o Alemania en fase de grupos? El riesgo de marcadores desproporcionados no es un detalle menor: afecta al espectáculo, al desarrollo deportivo y al propio prestigio del torneo. El Mundial 2026 camina hacia ser el más largo, el más costoso y, posiblemente, el menos parejo.
La FIFA ha optado por inflar el torneo bajo el argumento de “inclusión”, pero sin un plan concreto de desarrollo para las federaciones pequeñas. Sin infraestructura, sin ligas sostenibles y sin formación masiva de talento, estos países llegan al Mundial como invitados esporádicos, no como proyectos deportivos de largo plazo.
La clasificación de Curazao emociona, pero también evidencia un desequilibrio estructural. El Mundial crece hacia afuera, pero no hacia adentro. Se expande en tamaño, pero no necesariamente en calidad ni en equidad real.
Reflexión final
El fútbol mundial necesita inclusión, sí, pero basada en desarrollo, planificación y fortalecimiento de las ligas locales, no en una expansión que prioriza intereses políticos y económicos. Curazao celebra, y es justo. Pero el debate debe continuar: ¿qué clase de Mundial queremos? Porque el riesgo es claro: en la búsqueda de más partidos, el espíritu del fútbol puede perderse entre los números.
