La madrugada limeña de este 23 de noviembre no solo vio amanecer la ciudad: vio despertar, otra vez, el orgullo deportivo de un país entero. En la Plaza Mayor, corazón simbólico del Perú, el fondista Ferdinand Cereceda cruzó la meta de la maratón de los Juegos Bolivarianos Ayacucho–Lima 2025 y se colgó el oro con un tiempo de 2h16m38s, seguido a solo tres segundos por su compatriota Ulises Ambrocio, dueño de la plata.
No fue un triunfo aislado. En la rama femenina, la ecuatoriana Silvia Patricia Ortiz se llevó el oro, pero el podio se pintó también de rojo y blanco con la plata de Sheyla Eulogio y el bronce de Zarita Suárez. Cuatro peruanos en dos podios: una señal potente de que el fondo peruano tiene recambio, proyección y una mística que se alimenta de kilómetros, sacrificio y silencios a la hora en que la mayoría aún duerme.
La ruta no fue cualquier recorrido: Plaza Mayor – Plaza San Martín – Paseo de la República – Barranco y retorno. Un circuito que unió el centro histórico con la costa limeña y convirtió la ciudad en estadio abierto, gratuito y cercano. Familias, turistas y curiosos vieron pasar el esfuerzo hecho zancada, respiración entrecortada y sudor convertido en bandera. Para Lima, una oportunidad de reconciliarse con su espacio público; para los deportistas, la certeza de que el Perú sí puede organizar, sentir y celebrar el deporte de alto rendimiento.
Este doblete de Cereceda y Ambrocio, junto a las medallas de Eulogio y Suárez, abre el medallero del “Team Perú” de la mejor manera posible: con una disciplina emblemática, la maratón, esa prueba donde se mide tanto el cuerpo como el carácter. Es también un mensaje poderoso para las nuevas generaciones que hoy trotan en los parques, entrenan en la Costa Verde o sueñan con seguir la huella de figuras como Gladys Tejeda o Luis Ostos: el camino es duro, pero está abierto.
La maratón bolivariana de hoy no es solo una carrera ganada; es un punto de partida para pensar el deporte como política de Estado, como herramienta de inclusión y como motor de esperanza en tiempos complejos.
Reflexión final: Que el oro de Cereceda, la entrega de Ambrocio y el coraje de nuestras maratonistas no se queden en una noticia de domingo. Que sean el inicio de una ruta más larga: la de un país que apuesta, en serio, por el deporte, la salud y el orgullo de ver a su gente llegar primero, con la frente en alto.
