El futbol se vende como fiesta global, como vitrina de progreso, paz y unidad. Pero en Jalisco, una de las sedes del Mundial 2026, la fiesta huele a tierra removida y bolsas negras. Alrededor del Estadio Akron, casa de las Chivas, no solo se preparan canchas e iluminación de primer nivel: también se han hallado, hasta hoy, casi 500 bolsas con restos humanos, en un estado que acumula más de 14 mil 270 personas desaparecidas según el Registro Nacional.
La cifra es brutal, pero el guion oficial insiste en minimizarla. Mientras colectivos como Guerreros Buscadores de Jalisco escarban con palas y varillas, el discurso gubernamental habla de “garantías de seguridad” para el Mundial y de “normalidad” para la población. A nivel nacional, México supera ya las 133 mil personas desaparecidas y no localizadas, en una crisis que organizaciones de derechos humanos califican como generalizada y sistemática.
El contraste es obsceno: arriba, en los palcos, se negocian boletos VIP, hospitalities y patrocinios globales; abajo, en barrancas y panteones, familias enteras revisan bolsas, hueso por hueso, buscando a un hijo, una hermana, un padre. La prioridad es clara: la FIFA exige estadios pulcros y sedes “seguras”; los gobiernos corren a maquillar cifras, a acelerar peritajes, a cercar fosas, no para encontrar a los ausentes, sino para que las cámaras del mundo no vean el desastre.
El Estadio Akron será sede de cuatro partidos del Mundial. Ninguno se llamará “Partido por los Desaparecidos”. Ninguna transmisión oficial mostrará los terrenos aledaños donde se han encontrado restos humanos desde hace años. El relato global necesitará colores, cánticos, goles… no madres buscadoras marcando con cruces improvisadas la tierra donde el Estado llegó tarde o no llegó nunca.
Lo que ocurre en Jalisco es más que una coincidencia macabra entre fútbol y violencia: es un símbolo de la necropolítica mexicana. Se invierte en estadios, no en identificación forense; en campañas publicitarias, no en registros confiables; en seguridad para turistas, no en justicia para las víctimas. El balón rueda sobre un país que aún no puede enterrar dignamente a sus muertos ni encontrar a sus vivos.
Reflexión final
El Mundial 2026 pasará. Quedarán fotos, camisetas y videos en redes. Pero, si no se rompe esta lógica de simulación, seguirán también las fosas, las bolsas y los nombres que nadie pronuncia en los discursos oficiales. La verdadera prueba de cualquier gobierno y de cualquier sociedad no está en organizar un megaevento deportivo, sino en responder a una pregunta incómoda: ¿qué vale más, un partido de fútbol o la vida —y la memoria— de quienes siguen desaparecidos?
