FIFA premia a Trump y reabre el debate sobre política y fútbol

Foto: El Periódico Extremadura

Gianni Infantino lo hizo otra vez: sorprendió al planeta fútbol creando un “Premio de la Paz” y entregándoselo nada menos que a Donald Trump. La ceremonia en el Kennedy Center, diseñada para brillar antes del sorteo del Mundial 2026, terminó convirtiéndose en un recordatorio inquietante de algo que la FIFA insiste en olvidar: el fútbol no es plataforma política, ni debe servir de escenografía para legitimaciones personales. Menos aún para líderes que polarizan profundamente a sus propias sociedades.

El problema no es solo que Trump recibiera un trofeo recién inventado para la ocasión, sino el mensaje que la FIFA envía al mundo. Infantino declaró que el fútbol “une a la humanidad”. Y claro que lo hace, pero justamente por esa capacidad universal es que debe protegerse de cualquier intento de instrumentalización política, venga del país organizador, de gobiernos poderosos o de figuras con ambiciones electorales.

El deporte más popular del planeta no puede convertirse en un escenario para reforzar proyectos personales ni para alimentar narrativas políticas. La presencia de Trump en el centro del evento —alabando a Infantino por “no subir el precio de las entradas” y agradeciendo el honor como si fuera un hito diplomático— fue una muestra evidente de cómo la FIFA, una vez más, se mueve sin brújula ética cuando el espectáculo y la conveniencia están en juego.

La creación de un premio ad hoc para un político activo representa una peligrosa confusión entre liderazgo deportivo y estrategia de imagen. No importa si la intención era simbólica o protocolar: cuando el fútbol se mezcla con la política, pierde su neutralidad. Y cuando la FIFA se acerca tanto al poder, el riesgo no es solo reputacional, sino estructural.

Además, esta relación no es nueva. En los últimos meses, la FIFA ha estrechado vínculos con el círculo cercano de Trump, incluyendo la incorporación de Ivanka Trump a la junta de una iniciativa educativa financiada parcialmente con ingresos del Mundial. La pregunta cae por su propio peso: ¿qué gana el fútbol con esto? ¿Qué protege? ¿A quién sirve realmente este premio?.

Si Infantino quiere hablar de paz, de unidad y de valores globales, debe empezar por cuidar la independencia del fútbol. Un premio hecho a la medida de un político no une al mundo: lo divide, lo tensiona y lo aleja del espíritu deportivo que tantas veces la FIFA dice defender.

Reflexión final
El fútbol tiene una fuerza enorme, capaz de movilizar naciones enteras. Pero esa fuerza se corrompe cuando se usa para reforzar agendas políticas. El balón no vota, no milita, no endosa candidaturas. El día que la FIFA entienda —de verdad— que su responsabilidad es proteger el juego y no a los poderosos, ese día el fútbol volverá a ser lo que siempre debió ser: un espacio limpio, universal y sin banderas partidarias.

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