Foto: Conmebol
Lima volvió a ponerse el traje de capital del espectáculo. La final de la Copa CONMEBOL Libertadores entre Palmeiras y Flamengo no solo dejó una postal futbolera para el archivo: también dejó una cifra contundente. Según el estudio de Mincetur, el movimiento económico por los viajes asociados al evento llegó a US$ 86 millones, por encima de lo proyectado. El fútbol, cuando aterriza en serio, no cae del cielo: arrastra maletas, reservas, taxis, mesas llenas y un aeropuerto operando al filo.
La radiografía es clara: más de 51 mil turistas movilizados, con una composición que explica casi todo el fenómeno: 94% de visitantes extranjeros fueron brasileños, un mercado con mayor capacidad de gasto. El resultado fue un gasto promedio de US$ 1,044 por turista extranjero, muy por encima de la final de 2019. Y hubo algo aún más revelador: 28% extendió su estadía para viajar a otros destinos del país, principalmente Cusco (77%) e Ica (28%). Es decir, cuando Lima se vuelve vitrina, el Perú entero puede venderse… si quiere.
En hotelería y gastronomía, el termómetro marcó “full”. Miraflores, Barranco y San Isidro reventaron de ocupación y tarifas. Hoteles de distintas categorías tuvieron que absorber la demanda porque la oferta premium no alcanzó. AHORA Perú estima consumos superiores a S/ 700,000 por día en alojamiento, comida, movilidad y entradas. Y, sin embargo, quedó el sabor a oportunidad a medias: se sabía desde abril que la final era en Lima y aun así no se empujó con fuerza una estrategia de pre y post-tour para convertir hinchas en turistas de verdad.
El otro gran examen fue el Jorge Chávez: 154 vuelos adicionales en tres días (97 privados y 57 chárter), una presión que LAP afirma haber atendido “con total normalidad”. Corpac, por su parte, reportó la gestión de más de 300 vuelos chárter, sin tumbar la programación regular. Gran noticia, sí. Pero también advertencia: el país no puede depender de “salió bien” como política pública.
La final demostró que Lima puede hospedar, alimentar y mover a una marea internacional con impacto económico real. Pero también evidenció que el éxito del evento no puede ser un accidente logístico ni un golpe de suerte comercial.
Reflexión final
Si el fútbol dejó US$ 86 millones, la pregunta no es cuánto ganamos: es cuánto dejamos de ganar por no planificar mejor, formalizar mejor y conectar mejor a Lima con el resto del Perú. Un país que presume de destino mundial no puede improvisar su mundialización cada vez que llega un partido grande.
