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No fue un acto de generosidad ni una epifanía moral. Fue presión. La FIFA anunció entradas de US$ 60 para el Mundial 2026 después de una ola global de indignación que puso en evidencia lo obvio: el fútbol no puede expulsar a su gente y seguir llamándose popular. Cuando el enojo cruzó fronteras y tribunas, el negocio retrocedió un paso. Tarde, limitado y con letra chica, pero retrocedió.
Durante semanas, la FIFA defendió un esquema de precios que convertía al Mundial en un evento de élite: finales a US$ 4.185, fases de grupos con tarifas dinámicas y cargos “administrativos”, y una reventa oficial que encarecía aún más la experiencia. Los seguidores más fieles —los que viajan, cantan y sostienen el espectáculo— quedaban fuera de la categoría más barata. El mensaje era claro: primero el ticket premium, después el hincha.
La reacción fue contundente. Asociaciones de aficionados, federaciones europeas y voces históricas del fútbol denunciaron una ruptura con la tradición del torneo. Recién entonces llegó el anuncio: entradas de US$ 60 por partido, asignadas a federaciones nacionales para su distribución entre seguidores comprobados. La FIFA lo llamó “Supporter Entry Tier”. Traducido: un gesto mínimo para apagar el incendio.
Porque no nos engañemos. Serán cientos, no miles, de boletos. Un alivio simbólico dentro de un Mundial que tendrá 48 selecciones y apunta a recaudar al menos US$ 10.000 millones. La rebaja no corrige el sistema; lo maquilla. Tampoco repara la promesa incumplida de entradas masivas a US$ 21, comprometidas cuando Estados Unidos, México y Canadá postularon como sedes.
La rectificación incluye otra concesión: eliminar tarifas administrativas en los reembolsos posteriores a la final. Un ajuste tardío que confirma lo esencial: sin protesta, no hay cambio. La FIFA no explicó el viraje; lo ejecutó. Porque entendió que el costo reputacional empezaba a competir con el financiero.
La baja de precios no es una victoria total, pero sí una señal: cuando los hinchas empujan juntos, el poder escucha. El Mundial no puede sostenerse sin su gente, por más suites, hospitalidades y plataformas de reventa que se inventen. El fútbol no nació para la segmentación dinámica; nació para la tribuna.
Reflexión final
El hincha no pide regalos: pide acceso, respeto y reglas claras. El día que la FIFA lo entienda sin escándalos ni presiones, el Mundial volverá a parecerse a sí mismo. Hasta entonces, cada corrección será lo que hoy fue: una concesión arrancada a fuerza de indignación.
