Foto: Líbero
El Mundial 2026 se promociona como la gran fiesta global del fútbol. Pero la fiesta ya empezó con lista de invitados “aceptados” y “vetados”. Donald Trump firmó una proclamación que restringe el ingreso a Estados Unidos de ciudadanos de países que participarán en la Copa del Mundo —con Irán y Haití en las categorías más severas y con Senegal y Costa de Marfil bajo restricciones parciales— mientras las selecciones y delegaciones tendrían excepciones bajo fuertes controles.
El dato duro es simple: el torneo se juega, pero parte de su hinchada queda fuera. En un Mundial coorganizado por Estados Unidos, Canadá y México, la geopolítica se cuela por la puerta principal y el fútbol hace de telón de fondo. ¿La consecuencia? Un campeonato que proclama “unión” mientras normaliza un filtro de nacionalidades para quienes quieren viajar, acompañar y alentar.
Y aquí entra el punto más delicado: la FIFA no solo mira a otro lado, sino que contribuye a maquillar el conflicto. En el sorteo del Mundial 2026 en Washington, Gianni Infantino entregó a Trump el primer “FIFA Peace Prize – Football Unites the World”. La paradoja no necesita exageración: premiar “paz” en el mismo escenario donde el anfitrión endurece restricciones migratorias para países mundialistas es convertir la ética en utilería ceremonial.
Este no es un debate abstracto. El Mundial se vende como experiencia total —audiencias masivas, consumo multiplataforma, marcas integradas al “momento cultural”—, pero la realidad es más cruda: cuando la FIFA prioriza la foto y el aplauso, acepta que el torneo se convierta en un producto premium, con acceso segmentado por pasaporte. Y, como si hiciera falta recordarlo, el dinero sigue marcando el compás: FIFA acaba de anunciar un aumento fuerte del premio económico para 2026, confirmando que la dimensión financiera es el idioma dominante del evento.
La FIFA quiere el Mundial más grande de la historia, pero parece dispuesta a tolerar un Mundial más desigual: selecciones con vía rápida, ciudadanos con barreras y un discurso de “unión” que se derrite en migraciones, votos e intereses.
Reflexión final
El problema no es que el fútbol conviva con la política: siempre lo hizo. El problema es cuando la FIFA consiente, premia y decora esa política, como si el espectáculo justificara el doble estándar. Un Mundial que presume ser “de todos” no puede celebrarse excluyendo a parte de “todos”. Si la FIFA quiere hablar de paz, primero debería practicar coherencia.
